El yelmo y la bacía de don Quijote. Dibujo de Daniel Urrabieta Vierge. BIQ

El próximo 29 de noviembre los españoles votaremos el modelo de política nacional que queremos para los próximos cuatro años. Unas semanas más tarde, en el Congreso de los Diputados se constituirá la XVI Legislatura. Antes veremos a los diputados elegidos pasar por el trámite de recoger su acta, un teléfono y una tablet de última generación. Afirman que este inevitable y caro kit tecnológico es necesario para que en todo momento estén comunicados y puedan tener a su disposición toda la información oficial que necesitan. Vale.

Propongo que, además, se les añada un Quijote. Quizás alguno de nuestros representantes ya se lo ha leído, pero la gran mayoría seguro que no. Para no generar un gasto más, además de los varios cientos de euros del kit de comunicaciones, en el teléfono y  en la tablet llevarán descargado el Quijote, que en la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan se puede descargar gratis. Una edición magníficamente preparada por Enrique Suárez Figaredo. Para quienes se manejen mejor en papel, es posible que en algunas cajas de algún almacén casi olvidado de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha todavía puedan quedar Quijotes a 1 € que, con tanto acierto, se imprimieron en 2005. Solo costará el traslado de Toledo a Madrid, un porte relativamente económico que seguro puede ser asumido. Tampoco hace falta que lo devuelvan al final de la legislatura; si consiguen leerlo en estos cuatro años, lo querrán volver a releer más veces en su vida.

No, no voy aquí a justificar esta propuesta con los famosos consejos de don Quijote a Sancho Panza antes de ir a ocupar su cargo de gobernador de Barataria, ya llegarán a leerlos y los entenderán, aunque esto ocurre muy avanzada la novela. El objetivo es que aprendan a discutir, qué tanta falta nos hace a los españoles, no el hecho de discutir, que lo hacemos casi a todas horas, sino las formas de discutir y el fin de cada discusión.

Cada sesión, cada pleno debe convertirse en un espacio de diálogo y discusión entre las distintas formas de entender nuestra sociedad, para que todos los españoles tengamos un presente y un futuro mejor. Y aquí es donde Cervantes nos deja en el Quijote la solución cuando las ideas estén en las antípodas unas de otras, como parece que están actualmente.

En el Quijote hay muchas escenas de discusión entre el hidalgo y el escudero, y entre otros personajes secundarios; diviértanse con su lectura. Pero hay una gran discusión que parece no tener solución si no es llegando a las manos. Hoy, la figura de don Quijote es reconocible en el mundo entero por llevar sobre su cabeza una bacía de barbero que él creía ser un famoso yelmo. Empecemos por el principio. En mitad de Sierra Morena, poco después de la aventura del batán, por el camino que llevaban vieron a un hombre montado sobre un borrico que llevaba sobre la cabeza una cosa que brillaba como si fuera de oro. Aquella visión no era otra que un barbero que, para protegerse de la lluvia, llevaba sobre su cabeza su propia bacía. Don Quijote se la arrebató por la fuerza creyendo que eso era el famoso yelmo de Mambrino.

De vuelta a la venta del manteo de Sancho, estando con los demás personajes que Cervantes puso en ella, llegó el maltratado barbero, que reconoció y demandó su bacía. Lógicamente, la discusión ya está servida y se barrunta una lluvia de golpes: lo que para uno es bacía, para otro es yelmo. Y no hay dudas de que hablan del mismo objeto:

Afirma don Quijote: «—Miren vuestras mercedes con qué cara podía decir este escudero que esta es bacía, y no el yelmo que yo he dicho; y juro por la orden de caballería que profeso que este yelmo fue el mismo que yo le quité, sin haber añadido en él ni quitado cosa alguna» (Q I, 44).

Y la solución a esta discusión, sin posible acercamiento entre posturas defendidas por el barbero y  don Quijote, nos la deja el simple pero eficaz Sancho, no es una bacía ni tampoco un yelmo sino un baciyelmo:

«—En eso no hay duda —dijo a esta sazón Sancho—; porque desde que mi señor le ganó hasta agora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró a los sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo no lo pasara entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance». (Q I, 44)

Baciyelmo. Esta palabra, inventada por Cervantes en boca de Sancho, la recoge hoy el diccionario de la RAE. En una de sus acepciones dice: «Situación caracterizada por la pretensión de conciliar dos elementos dispares».

Ojalá esta próxima legislatura fuese recordada como la Legislatura del baciyelmo, de conciliación entre lo real y lo ideal, por ser la primera en la que a los diputados y senadores se les entrega el libro en español más leído y traducido del mundo, y en la que un neologismo cervantino se aplica al progreso de nuestra sociedad, más de cuatro siglos después de su creación y publicación en 1605.

No es la primera vez que España necesita conciliación política y económica. En 1977, ante la deriva de precios y el malestar social, dirigentes políticos y económicos de ideologías muy distintas acordaron y firmaron los Pactos de la Moncloa. Un año después, los españoles tuvimos nuestra actual Constitución, también consensuada y redactada por una selección de personas de muy distinta sensibilidad política. ¡Quizás ellos sí habían leído el Quijote!

 

Luis Miguel Román Alhambra