
¿Y si el Quijote no fuera una novela original, sino una traducción? Así lo plantea Cervantes en el capítulo IX de la primera parte, y a partir de esa audaz ficción construyó una de las reflexiones más lúcidas de la literatura universal sobre el oficio de traducir. Constantino López Sánchez-Tinajero, secretario de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, la ha desentrañado en el I Congreso Internacional «Traducir el Quijote», que se celebra en Pedro Muñoz los días 16, 17 y 18 de octubre.
Pedro Muñoz, 17 de octubre de 2026.- Bajo el título «Los tapices vueltos del revés. Cervantes ante el oficio de traducir», la ponencia propone un recorrido por los intérpretes y trujamanes que pueblan la obra cervantina: desde el morisco aljamiado que traduce el manuscrito de Cide Hamete Benengeli, auténtica «bisagra» sin la cual no existiría el libro, hasta el niño del retablo de maese Pedro, que se pierde en «curvas y transversales» y encarna la eterna tentación del traductor de embellecer el original.
El recorrido pasa también por el severo juicio del cura sobre las versiones de Ariosto y por la dimensión más humana y dramática del asunto: la experiencia de Cervantes como cautivo en Argel, reflejada en la mediación de Agi Morato entre el capitán cautivo y Zoraida, donde traducir significa decidir qué verdad puede decirse y cuál debe esconderse entre líneas.
El eje central es la célebre imagen del capítulo 62 de la segunda parte: la traducción como quien mira los tapices flamencos por el revés, una versión necesariamente más opaca del original, pero, como el propio don Quijote subraya, un oficio «loable», digno y necesario.
La charla se cierra con una paradoja: el autor que desconfiaba de la traducción fue, apenas dos años después de su muerte, traducido por media Europa, hasta convertirse en uno de los escritores más traducidos de la historia.
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan