
Hoy, festividad de los arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel, se cumplen 468 años de una fecha que quizá fue la del nacimiento de un niño alcazareño. Su nombre, Miguel, apunta al santo del día. El documento que lo recuerda es un asiento bautismal de noviembre de 1558 en el libro de bautizos de la colegiata de Santa maría la Mayor de Alcázar de San Juan
En el libro de bautismos de Alcázar de San Juan, entre asientos de letra procesal y tinta virada al ocre, figura una anotación que ha dado mucho que hablar. El 9 de noviembre de 1558, el bachiller Alonso Díaz Pajares bautizó a un hijo de Blas de Cervantes Saavedra y de Catalina López, al que pusieron por nombre Miguel. Fue su padrino de pila Melchor de Ortega, y le acompañaron Juan de Quirós y Francisco Almendros con sus mujeres. Una mano (se cree que Blas de Nasarre) posterior escribió en el margen una nota que lo relaciona con el autor del Quijote.
Pero una partida de bautismo no es una partida de nacimiento. Da fe del día en que se administró el sacramento, no del día en que el niño vino al mundo. Y en el siglo XVI el nombre de pila solía elegirse por el santoral, por el santo del día del nacimiento o del bautizo. Por eso resulta tentador pensar que aquel Miguel nació el 29 de septiembre, día de san Miguel y de los arcángeles Rafael y Gabriel, y que sus padres le dieron el nombre del santo bajo cuya protección llegó a la vida.
Es solo una hipótesis, y hay que decirlo con claridad: lo habitual entonces era bautizar a los recién nacidos en pocos días, de modo que un intervalo de más de un mes entre el nacimiento y el bautizo sería inusual, aunque no imposible. La fecha del 29 de septiembre queda, pues, como una conjetura sugerente y no como un dato documentado.
Conocemos también que dos personas llamadas igual (Miguel Cervantes y Miguel de Cervantes) coincidieron en el hospital de Mesina recuperándose de sus heridas sufridas en Lepanto. Hemos leído en el Quijote la historia de un tal Vicente de la Rosa: «En esta sazón vino a nuestro pueblo un Vicente de la Rosa, hijo de un pobre labrador del mismo lugar, el cual Vicente venía de las Italias y de otras diversas partes, de ser soldado; llevole de nuestro lugar, siendo muchacho de hasta doce años, un capitán que con su compañía por allí acertó a pasar, y volvió el mozo de allí a otros doce vestido a la soldadesca, pintado con mil colores…» (Q I, 51); por lo que no resulta nada descabellado que un muchacho de 13 años pudiera haber estado presente en Lepanto.
Y aquí la imaginación histórica puede dar un paso más, siempre como hipótesis. Cabe pensar que aquel Miguel alcazareño creciera en la misma villa que otros dos personajes de su generación: el calígrafo Pedro Díaz Morante, maestro de la escritura cuyo nombre ha pasado a la historia de la caligrafía española, y el censor y poeta José de Valdivielso, a quien algunos vinculan también con Alcázar. Tres alcazareños, tres oficios de la letra —el nombre, la pluma y la censura— que podrían haber formado un grupo de amigos.
Conviene ser prudentes: no conocemos documentos que prueben esa amistad, y la tradición suele presentar a Valdivielso como toledano, conviene también recordar que Alcázar perteneció hasta 1833 a la provincia de Toledo (…dejó de pertenecer a la provincia de Toledo en 1833, tras la aplicación de la división provincial impulsada por Javier de Burgos). Se trata, por tanto, de un relato posible, no de un hecho demostrado. Pero a veces las hipótesis sirven para lo que sirven las buenas efemérides: para invitar a buscar en los archivos.
Quizá por eso la partida sigue fascinando. Nos recuerda que la historia local se escribe con documentos modestos, y que un asiento de tres líneas puede abrir preguntas más grandes que muchos tratados. Hoy, día de san Miguel, es buen momento para leer el Quijote de nuevo.
Sociedad Cervantina de Alcázar