Cada vez que dices que algo es tu «talón de Aquiles», que te han colado «un caballo de Troya» o que ir al notario a resolver los trámites de una herencia ha sido «una odisea», estás recitando a Homero de memoria. Los griegos inventaron las historias. Nosotros, treinta siglos después, seguimos viviendo dentro de ellas.

Hay idiomas que se aprenden en academias y otros que se nos cuelan por la puerta de atrás. El griego de Homero es de los segundos.

No hace falta que hayas abierto nunca la Ilíada o la Odisea. Ya las hablas. Están en el telediario, en el grupo de WhatsApp del trabajo y en lo que te dice tu madre.

Todo empezó con una boda a la que no invitaron a la persona equivocada y acabó con un viaje imposible para volver a casa. Entre medias, nos dejaron casi un diccionario entero.

I. Cosas que decimos mientras todavía arde Troya

Troya llevaba diez años aguantando el asedio. Y de esos diez años nos han quedado las mejores excusas para discutir.

Tu talón de Aquiles. Todos sabemos que Aquiles era invencible. Lo que no todos recuerdan es el truco de su madre Tetis: lo bañó en la laguna Estigia para hacerlo inmortal sujetándolo por un talón. El único sitio por donde le podía entrar una flecha. Paris acertó justo ahí. Hoy no hablamos de mitología, hablamos de ti: «Su negocio es perfecto, pero su talón de Aquiles es la contabilidad».

Un caballo de Troya. La idea más brillante y más canalla de Ulises. Como no podían tirar la muralla, construyeron un caballo enorme, lo dejaron como regalo y escondieron dentro a los mejores soldados. Los troyanos, encantados con el souvenir, lo metieron ellos mismos. De noche, masacre. Ahora es un virus informático, una cláusula en un contrato o esa ley que viene con trampa: «Nos han metido un caballo de Troya en el presupuesto».

Y con el caballo venían dos frases hermanas. La del sacerdote Laocoonte gritando «¡Temed a los griegos, aunque traigan regalos!» — nuestro actual «regalo envenenado» o «es un don griego» — y la que decimos cuando todo va a estallar: «¡Que arda Troya!». Porque Troya ardió de verdad, y cuando decimos eso en la oficina, todos sabemos lo que viene.

La manzana de la discordia. La diosa Eris no fue invitada a una boda. Como venganza, lanzó al banquete una manzana de oro que decía «para la más bella». Atenea, Hera y Afrodita se enzarzaron. Tuvieron que buscar un juez —Paris— y su veredicto provocó la guerra. Tres mil años después, la manzana sigue rodando: la herencia familiar, quién riega las plantas en la escalera, el último trozo de tortilla.

Ser una Casandra. Casandra, hija del rey Príamo, tenía el don de ver el futuro y la maldición de que nadie la creyera. Avisó de que el caballo era una trampa. Nadie le hizo caso. ¿Te suena? «Llevo meses haciendo de Casandra con lo de la humedad del techo».

Y por supuesto, la cara que lanzó mil naves. Así llamó el poeta Marlowe a Helena. Una mujer tan hermosa que por ella cruzó el Egeo una flota entera. Hoy la usamos para esa persona, idea o fichaje que moviliza a todo el mundo.

Tirios y troyanos. Aunque su origen es la Eneida de Virgilio, la frase tiene su origen en la Guerra de Troya. De esa enemistad nace el doble uso que le damos hoy: uno para hablar de bandos opuestos: «La discusión enfrentó a tirios y troyanos», y otro, para hablar de todo el mundo, sin distinción: «Un libro que gusta a tirios y troyanos». Es decir, gusta tanto a unos como a otros, aunque sean opuestos, que es justo lo que pretendía la reina tiria Dido (procedente de Tiro) cuando recibió con hospitalidad en Cartago a los troyanos.

II. Cosas que decimos mientras intentamos volver a casa

Si la Ilíada es la guerra, la Odisea es la resaca. Diez años más intentando volver a Ítaca. De ahí nos viene el vocabulario para cuando la vida se complica.

¡Menuda odisea! Es la palabra comodín. Ulises tardó diez años en hacer un trayecto que hoy sería un vuelo con escala. Naufragios, despistes de los dioses, islas equivocadas. Por eso cuando dices «resolver el asunto de la herencia de mi padre ha sido una odisea», estás siendo filológicamente exacto.

Ponerse la piel de cordero. Esfingir mansedumbre para ocultar agresividad. Es la misma estrategia que uso Ulises para salir de la cueva de Polifemo tratando de pasar por lo que no era: uno de sus corderos. Los griegos ya inventaron todas las tácticas del disimulo. 

Costar un ojo de la cara. Esta frase juega con un doble sentido genial: «costar un ojo de la cara» literalmente (Ulises ciega a Polifemo con una estaca) y en sentido figurado (el esfuerzo descomunal). La expresión conecta con la idea de sacrificio y pérdida que impregna toda la Odisea.

Un canto de sirenas. Las sirenas no eran señoras bonitas con cola de pez. Eran monstruos que cantaban tan bien que los marineros se estrellaban contra las rocas para ir hacia ellas. Ulises, que quería oírlas, se hizo atar al mástil y ordenó a sus hombres que se pusieran cera en los oídos. Cada anuncio que promete hacerte rico en tres días sin mover un dedo es eso: un canto de sirenas.

Entre Escila y Caribdis. Para volver, Ulises tuvo que atravesar un estrecho con dos monstruos: a un lado Escila, con seis cabezas que devoraba marineros; al otro, Caribdis, que se tragaba el mar entero y formaba un remolino mortal. No había opción buena, solo la menos mala. Nosotros lo hemos traducido como «entre la espada y la pared», pero los ingleses todavía dicen between Scylla and Charybdis.

La tela de Penélope. Mientras Ulises no volvía, su mujer Penélope tenía la casa llena de pretendientes. Para ganar tiempo les dijo: «elegiré cuando acabe este sudario para mi suegro Laertes». Lo que tejía de día, lo destejía de noche. Un trabajo infinito que nunca avanza. ¿No conoces a alguien así? «Este expediente es la tela de Penélope». Los psicólogos incluso hablan del síndrome de Penélope para quien alarga eternamente una espera.

Volver a Ítaca. Ítaca no es una isla. Es la idea de casa. El poeta Kavafis lo dejó claro: lo importante no es llegar, es el camino. Pero cuando llegas, por fin, es tu Ítaca. «Después de veinte años en Madrid, ha vuelto a su Ítaca manchega».

Hacer de Mentor. En la Odisea, cuando Telémaco sale en busca de noticias de su padre, lo acompaña Mentor, un viejo amigo de Ulises en quien puede confiar. Más tarde, la propia diosa Atenea adopta su figura para guiar al joven. De ahí que hoy llamemos mentor a esa persona experimentada que nos aconseja, nos protege y nos muestra el camino, ya sea en el trabajo, en los estudios o en la vida. «Tuve la suerte de encontrar un mentor que me ayudó a dar los primeros pasos en esta profesión».

Y la última, mi favorita: ser un don Nadie. Cuando Ulises queda atrapado en la cueva del cíclope Polifemo, este le pregunta el nombre. «Me llamo Nadie», contesta. Lo ciega y cuando Polifemo pide ayuda a gritos —«¡Nadie me ha herido!»— nadie va. De ahí viene esconderse en el anonimato, hacerte el sueco, ser invisible para sobrevivir.

Si te fijas, Miguel de Cervantes las usaba todas. Don Quijote se cree Aquiles, confunde molinos con murallas de Troya y convierte su salida de la Mancha en una odisea completa para volver a su Ítaca, que es su aldea. Y curiosamente, os va a sonar lo que se dice en el Quijote, que abre el capítulo XXVI de la Segunda Parte, el del retablo de Maese Pedro, con: «Callaron todos, tirios y troyanos». Se trata de un guiño directo a Virgilio.

No es casualidad. Cervantes sabía que si quieres contar una historia que dure cuatrocientos años, tienes que contarla con el diccionario que ya inventaron los griegos.

La próxima vez que alguien mencione su talón de Aquiles en una reunión de trabajo, ya sabes: no está siendo original. Está citando a Homero. Y probablemente ni se ha enterado.

 

Constantino López Sánchez-Tinajero

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan