Mientras medio mundo hace cola para ver a Matt Damon esquivar cíclopes en pantallas IMAX de 70mm, en la Mancha hay un hidalgo flaco que lleva cuatrocientos años haciendo el mismo viaje sin salir de España. La superproducción de Christopher Nolan no solo revive el mito de Ulises: sin saberlo, también ilumina al nieto más rebelde que jamás tuvo el rey de Ítaca
Hay estrenos que llenan salas y hay estrenos que reabren genealogías. La Odisea de Christopher Nolan pertenece a las dos categorías. Con un presupuesto de 250 millones de dólares —el más alto de toda la carrera del director— y una recaudación que ya roza los 389 millones tras su primera semana en cartel, la película se ha convertido en el mejor estreno de Nolan desde El caballero oscuro en 2012. Pero detrás del espectáculo de cíclopes, sirenas y naufragios rodados en Marruecos, Grecia, Escocia e Islandia, hay una pregunta que ningún tráiler formula: ¿qué fue de Ulises después de la leyenda? La respuesta, sorprendentemente, no está en Hollywood. Está en La Mancha.
Nolan ha insistido en que no quería «monstruos de CGI puro (imágenes no creadas por ordenador)», sino una mitología física y creíble, inspirada en Andrei Tarkovski, en Akira Kurosawa y en el stop-motion artesanal de Ray Harryhausen. Su Odiseo —Matt Damon— regresa a Ítaca tras diez años de naufragios, hechizos de Circe y un descenso al Hades, solo para descubrir que el verdadero desafío no era volver, sino saber quién es uno cuando por fin llega a casa. La sorpresa del guion, el giro final en el que Odiseo cede el trono a Telémaco y parte de nuevo al exilio junto a Penélope, es puro Nolan: ningún regreso es completamente definitivo.
Ese gesto, sin quererlo, es exactamente el mismo que Cervantes ya había ensayado con su hidalgo cuatro siglos antes. Porque si hay un personaje en toda la literatura occidental que entendió que el verdadero viaje empieza cuando se cierra la puerta de casa, ese es Alonso Quijano.
Un reciente análisis filológico titulado «El Quijote, nieto de Odiseo» propone una genealogía literaria en tres generaciones que explica por qué el estreno de Nolan resuena tan hondo en los lectores cervantinos. Odiseo sería el abuelo arquetípico: el hombre del mêtis, la astucia, frente a Aquiles, el hombre de la fuerza bruta.
Eneas y, sobre todo, Amadís de Gaula serían el eslabón intermedio, el padre que traduce la aventura griega al código caballeresco medieval. Y don Quijote, el nieto que hereda la estructura profunda de ambos para después traicionarla con método y locura lúcida.
La conexión no es una lectura forzada de nuestro tiempo: el propio Cervantes la dejó escrita. En la primera parte del Quijote, capítulo 25, recomienda imitar «a Ulises, en cuya persona y trabajos nos pinta Homero un retrato vivo de prudencia y de sufrimiento». El sintagma «prudente Ulises» era, de hecho, una fórmula muy repetida en el Renacimiento español, tomada de traducciones de la época y usada como manual de sabiduría práctica. Cervantes conocía a su abuelo literario y lo citaba con nombre y apellido.
Lo fascinante es que la estructura que hace grande a la superproducción de Nolan —el nostos, el relato del regreso— es la misma que organiza el Quijote, pero puesta del revés. Odiseo quiere volver a casa; toda su epopeya es el esfuerzo por reconquistar Ítaca. Don Quijote, en cambio, necesita salir de su aldea para llegar a ser alguien: su locura consiste en convertir la casa en la cárcel de la que hay que escapar. Donde el abuelo lucha diez años por regresar, el nieto se inventa mil batallas para no tener que hacerlo.
Ambos comparten también el gusto por el disfraz verbal. Ante el cíclope Polifemo, Odiseo se presenta como «Nadie» para escapar del peligro; Alonso Quijano se rebautiza a sí mismo en una cascada de nombres —Quijada, Quesada, Quijano, Quijote, Caballero de los Leones— hasta perder de vista quién era antes de salir a los caminos. Y los dos viven atrapados en el mismo drama del reconocimiento: a Ulises lo identifica su ama, Euriclea, por una cicatriz en el muslo, en una escena que el filólogo Erich Auerbach convirtió en modelo del realismo occidental; a don Quijote, en cambio, nadie lo reconoce del todo, porque el mundo que habita ya no cree en héroes ni en encantamientos. Su «cicatriz» es literaria, invisible, y por eso duele más.
El filósofo húngaro György Lukács resumió esta filiación en una frase que hoy, con los cíclopes de Nolan iluminando las pantallas IMAX, suena casi profética: la novela sería la epopeya de un mundo que ya ha perdido a sus dioses, y la Odisea, el punto de referencia del que ese mundo se aleja para siempre. Odiseo todavía tenía a Atenea susurrándole al oído y a Poseidón conspirando contra él. Don Quijote solo tiene venteros que se burlan y molinos que confunde con gigantes. Milan Kundera fue más allá: sostuvo que Cervantes, al enviar a su caballero de viaje, rasgó el telón mágico de leyendas que cubría el mundo, y que ese gesto —no solo el de Descartes— es el verdadero acto fundacional de la Era Moderna.
El fenómeno Nolan demuestra algo que los cervantistas llevan siglos defendiendo: los mitos de fundación no caducan, mutan. La misma semana en que las salas IMAX agotan localidades para ver a un rey griego intentar volver a casa, merece la pena recordar que España lleva cuatrocientos años presumiendo de un hidalgo que hizo justo lo contrario: salir de casa para inventarse un destino. Jorge Luis Borges lo formuló con su lucidez habitual al sugerir que todo gran libro crea a sus propios precursores; visto así, quizá no sea de La Mancha de donde desciende don Quijote, sino de Ítaca de donde, sin saberlo, partió hace siglos rumbo a España.
La próxima vez que alguien salga del cine deslumbrado por el naufragio de Matt Damon frente a Escila y Caribdis, convendría recordarle que no hace falta esperar una secuela: el nieto de ese héroe lleva siglos esperando en una biblioteca cercana, con la lanza en ristre y la armadura oxidada, listo para salir otra vez al camino.
Constantino López
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan
