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Un asiento de socorro fechado en abril de 1607 revela cómo tres compañías de infantería —más de cuatrocientos hombres del Priorato de San Juan, Ciudad Real y Villanueva de los Infantes—, pasaron lista ante la ermita de la Veracruz y cobraron su paga, justo cuando la Monarquía Hispánica se declaraba en bancarrota y sus Tercios amotinados en Flandes exigían lo mismo

Es la primavera de 1607. En Flandes, los Tercios españoles llevan meses sin cobrar y acaban de amotinarse; en Madrid, la Corona acaba de decretar su tercera bancarrota del siglo. Y, sin embargo, en Alcázar de San Juan, ante la ermita de la Veracruz, más de cuatrocientos hombres forman en orden para recibir su paga y marchar.

El comisario real don Pedro de Vargas los llama uno a uno. El pagador Pedro de Miranda desembolsa los reales en mano. Nadie cobra si no está presente. Lo que un escribano anotó ese día con tinta y pulso firme es hoy una ventana abierta al corazón militarizado de la España de los Austrias.

Para entender la magnitud del documento —perteneciente al archivo General de Simancas y encontrado por el historiador Juan Víctor Carboneras Coba, mientras prepara su tesis doctoral—, que ahora transcribimos, hay que situarlo en su contexto exacto. El año 1607 fue uno de los más críticos del reinado de Felipe III. En enero, la Corona española hubo de proclamar una nueva suspensión de pagos —la bancarrota—, incapaz de sostener el coste descomunal de su política imperial.

El ejército de Flandes, el más poderoso del mundo sobre el papel, llevaba meses sin recibir sus pagas, y los motines se extendían como la pólvora entre unos soldados que no podían esperar más. En abril de ese mismo año, justo cuando en Alcázar de San Juan se hacía la muestra de estas tres compañías, los combates en los Países Bajos tocaban fondo y ambas partes iniciaban conversaciones que dos años después desembocarían en la célebre Tregua de los Doce Años.

En ese contexto de urgencia extrema, la Corona no podía permitirse el lujo de dejar sin pagar a sus propias reclutas recién alistadas en La Mancha. El documento que menciona la revista que tuvo lugar en Alcázar de San Juan es, entre otras cosas, una prueba de que el sistema administrativo de la Monarquía Hispánica seguía funcionando con pasmosa precisión burocrática incluso cuando las finanzas reales estaban al borde del colapso. La maquinaria del Imperio tenía sus propias inercias, y una de ellas era pagar al soldado antes de que marchara. Al menos al principio del camino.

Que la leva se realizase en el Priorato de San Juan no es un detalle menor. Este enclave, administrado por la Orden de San Juan de Jerusalén con sede en Alcázar de San Juan, gozaba de una jurisdicción semiindependiente que lo diferenciaba del resto de Castilla. Sus habitantes no estaban sujetos directamente a la Corona, sino a la Orden, lo que hacía de él un territorio con sus propias élites, sus propias leyes y, cuando la Corona lo necesitaba, sus propios soldados. Que Felipe III recurriera al Priorato para sumar compañías a sus ejércitos revela hasta qué punto el esfuerzo bélico del Imperio se extendía por todos los rincones de la Monarquía, por peculiares que fueran.

Las tres compañías reclutadas lo fueron en territorios complementarios: la de don Luis Garcés Correro en el Priorato de San Juan, la de Andrés Leal en Ciudad Real y la de Bartolomé de Porres en Villanueva de los Infantes.

El comisario don Pedro de Vargas las reunió a todas en Alcázar de San Juan, en la ermita de la Veracruz, para pasar la muestra conjunta: el pase de lista oficial que garantizaba que se pagaba solo a hombres de carne y hueso, y no a las temidas “plazas muertas” de los capitanes corruptos. Esta ermita era una capilla bastante espaciosa que había en la casa número uno de la calle de San Francisco y que se hundió a principios del siglo XIX  —según se recoge en el fascículo 28 de «Hombres, lugares y cosas de la Mancha» del Dr. Rafael Mazuecos—).

El cinco de abril de 1607, la ermita de la Veracruz de Alcázar de San Juan, dejó de ser un lugar de oración para convertirse, por unas horas, en una oficina militar a cielo abierto.

Allí se concentraron las tres compañías. El comisario leyó la lista original, cada hombre respondió a su nombre, y solo entonces el pagador colocaba los reales en la mano extendida. Era un ritual cargado de solemnidad práctica: la presencia del escribano de la compañía y la firma del alférez dando fe de lo ocurrido eran las garantías del sistema contra el fraude.

La compañía más numerosa era la de Bartolomé de Porres, con 309 soldados. De ellos, 87 cobraron a 10 reales por cabeza; los 220 restantes, solo 4 reales, probablemente por haber sido alistados en fechas diferentes o en condiciones distintas. La compañía de don Luis Garcés Correro contaba con 92 soldados, además de su oficialidad. La de Andrés Leal completaba la formación. En total, más de cuatrocientas almas congregadas ante una ermita manchega, a punto de iniciar una marcha cuyo destino el documento no nombra, pero la historia sugiere con claridad.

LO QUE VALÍA UN SOLDADO: ESTRUCTURA DE PAGOS DEL PRIMER SOCORRO

RANGO PAGA (10 días)
Capitán 40 reales
Alférez / Sargento 17 reales y 22 maravedís
Atambor / Pífano 17 reales y 22 maravedís
Soldado raso 10 reales
Cabo de escuadra / Furriel 10 reales + 7 reales y 22 mrs. (ventaja)

¿A dónde iban estos hombres? El documento registra un primer socorro pagado en Alcázar el 5 de abril de 1607 y un segundo, un mes después, en la villa de San Pedro. Las compañías estaban en movimiento, siguiendo el itinerario trazado por el comisario regio hacia algún punto de embarque o concentración. La ruta más probable, atendiendo al contexto del momento, apunta hacia el este: Cartagena o algún puerto levantino o quizás andaluz, desde donde la tropa podía ser embarcada.

El destino más probable para la infantería reclutada en Castilla en la primavera de 1607 era el ejército de Flandes o, también con alguna probabilidad, las guarniciones de Italia —Nápoles, Sicilia, Milán—, auténticos pulmones militares del Imperio. Hacia Flandes, la ruta habitual pasaba por el llamado Camino Español: desde el norte de Italia hasta los Países Bajos a pie, cruzando los Alpes. Pero en la primavera de 1607 el frente flamenco estaba en proceso de cese de hostilidades.

Cabe también que estas compañías fueran destinadas a reforzar las guarniciones del Mediterráneo o incluso de la costa atlántica, siempre amenazada por piratas berberiscos, ingleses u holandeses.

Lo que sí es seguro es que partieron. El segundo socorro pagado en San Pedro indica una marcha en progreso. Después de esa anotación, el documento enmudece. Los hombres desaparecen en el mismo silencio en que vivieron: sin nombre propio en los folios, sin rostro conocido, pero con el peso real de sus pagas en el bolsillo y el sonido del tambor marcando el paso.

El documento menciona un capitán, un alférez, un sargento, dos atambores, un pífano, cuatro cabos de escuadra, un furriel y noventa y dos soldados solo en la compañía de Garcés Correro. Cada una de esas figuras tenía un nombre que el escribano anotó en la “lista original” —hoy desaparecida— a la que el folio hace referencia.

Eran vecinos de Alcázar, de El Toboso, de Consuegra, de Villanueva, de Ciudad Real: hombres que se alistaron por dinero, por honor, por falta de alternativas o por las tres cosas a la vez. El soldado raso de 1607 en Castilla no era muy diferente del pícaro literario que Quevedo y Cervantes inmortalizaron en esos mismos años.

No es casualidad que el Quijote se publicara apenas dos años antes, en 1605. La España que Cervantes retrató con humor amargo es exactamente la misma que produjo estos documentos: una tierra de hidalgos sin hacienda, de hombres que marchaban a la guerra porque la paz no les alimentaba, así lo reconoce la genial novela de Cervantes que refleja la experiencia histórica de la España de la época, a menudo resumido como: «Iglesia, mar o casa real, quien quiere medrar» (Q I, 39).

Los soldados que formaron ante la Veracruz ese abril de 1607 eran, en muchos casos, los mismos que Cervantes conocía. Algunos habrían leído —o escuchado leer— las aventuras del caballero manchego. Otros, quizás, se veían a sí mismos como pequeños héroes de una epopeya que el Imperio les había prometido gloriosa y que la Historia decidió recordar de otra manera.

El asiento de socorro de Alcázar de San Juan de 1607 no es solo un documento contable. Es el rastro de una decisión colectiva —partir— tomada por hombres de los que apenas sabemos el rango y la paga. En los márgenes del folio, alguien anotó con letra apretada: «veynte y ocho mill y ochocientos reales».

Al otro lado del folio, una rúbrica de validación cierra el asunto. El Imperio ha pagado. Los soldados pueden marchar. Y cuatro siglos después, desde Alcázar de San Juan, todavía podemos escuchar el redoble del tambor alejándose por los caminos de La Mancha.

 

Constantino López Sánchez-Tinajero y Juan Víctor Carboneras Coba