
Un relato de:
Javier Vázquez Cuesta y Constantino López Sánchez-T.
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan
La noche del 15 de enero de 2026 caía sobre Alcázar de San Juan con esa quietud provincial que invita a los descubrimientos. En la sede de la Sociedad Cervantina, Constantino López Sánchez-Tinajero -sesenta años bien llevados en un cuerpo alto y desgarbado- sostenía entre sus manos un manuscrito que acababan de encontrar en el sótano del archivo, envuelto en un paño de lino amarillento.
Momentos antes, habían estado conversando sobre aquel sueño imposible que compartían todos los cervantistas del mundo.
—Imagina tener una primera edición del Quijote aquí, en nuestra Sociedad —había dicho Javier Vázquez Cuesta, bajo y regordete, con ese aire bonachón que solo tienen los sevillanos nacidos para disfrutar la vida—. Sería la joya de la corona.
Constantino había suspirado, mirando las estanterías repletas de ediciones modernas y facsímiles.
—Es inviable, Javier. La última que se vendió en subasta hace unos años costó más de millón y medio de euros. Está fuera de nuestro alcance. Muy fuera.
—Lo sé, lo sé... Pero un hombre puede soñar, ¿no? Al fin y al cabo, eso es lo que nos enseñó don Quijote.
Habían reído con melancolía antes de bajar al archivo. Y fue entonces cuando Constantino encontró el manuscrito.
—Javier, tienes que ver esto, —dijo con voz temblorosa—.
Javier Vázquez Cuesta, se acercó ajustándose las gafas de lectura.
—¿Otro falso Quijote apócrifo? Ya sabes que los hay a docenas...
—No. Esto es distinto. Mira el título.
Las letras, trazadas con una caligrafía inequívocamente cervantina, rezaban: "Vaya y vuelva para contarlo". No había nombre de autor. Solo esa frase enigmática y, debajo, una advertencia escrita en tinta más pálida, como añadida después: "Leed con el corazón abierto y la mente dispuesta. El tiempo es un libro de páginas sueltas".
—Qué raro —murmuró Javier—, ¿lo leemos?
Constantino asintió y ambos se sentaron junto a la mesa de roble. Mientras las palabras del manuscrito fluían ante sus ojos, algo extraordinario comenzó a suceder. Las letras parecían brillar tenuemente, y ambos sintieron un mareo suave, como si el suelo se volviera líquido bajo sus pies.
—Constantino... ¿tú también...?
No pudo terminar la frase. El aire a su alrededor se espesó, la luz de la lámpara se tornó dorada y vacilante, y de pronto...
La noche del 15 de enero de 1605
El olor llegó primero. Un hedor penetrante a orines, estiércol y humanidad hacinada que les hizo arrugar la nariz. Constantino y Javier se miraron, atónitos, mientras sus ropas modernas se transformaban en jubones de paño, calzas y capas raídas. Estaban en medio de una calle estrecha y embarrada, iluminada apenas por antorchas que chisporroteaban en las esquinas.
—¿Dónde coño estamos? preguntó Javier en su acento sevillano, que ahora sonaba perfectamente natural en ese Madrid de pesadilla.
—Calle de Atocha, si no me equivoco —respondió Constantino, señalando un rótulo apenas visible—. Y si el manuscrito no miente... estamos en 1605.
Un grito les hizo pegarse contra la pared: "¡Agua va!". Desde una ventana superior cayó el contenido de un orinal que salpicó peligrosamente cerca de sus botas.
—Madre mía —farfulló Javier—. Esto sí que es realismo histórico.
Siguiendo un instinto inexplicable -como si el manuscrito les guiara telepáticamente-, caminaron calle abajo hasta encontrar una imprenta cuya puerta estaba entreabierta. El ruido metálico de los tipos de plomo y el olor a tinta les indicaron que habían llegado al lugar correcto: la imprenta de Juan de la Cuesta.
Dentro, entre la penumbra cargada de humo, un hombre de unos cincuenta y ocho años revisaba unos pliegos con gesto concentrado. Era delgado, con barba gris, la mano izquierda inmóvil -manca desde Lepanto- y los ojos cansados de quien ha conocido demasiadas derrotas. Vestía de negro, modestamente, sin adornos.
—¿Miguel de Cervantes? —preguntó Constantino con reverencia.
El hombre levantó la vista, sorprendido.
—¿Nos conocemos, señores? No recuerdo vuestras caras.
—Somos... admiradores —intervino Javier, recuperando la compostura—. Hemos oído hablar de vuestro libro. El del hidalgo loco.
Cervantes sonrió con amargura.
—El Quijote. Sí, mañana sale a la venta. Veinte años escribiendo comedias que nadie quiso, obras que se perdieron, y ahora esto. Una apuesta desesperada. —Hizo una pausa—. Aunque, para ser sinceros, no es exactamente mi libro. O no solo mío.
Los dos viajeros intercambiaron miradas.
—¿Qué queréis decir? —preguntó Constantino.
Cervantes los observó largamente, como evaluándolos. Luego, con un gesto, les indicó que lo siguieran a un cuarto trasero. Allí, sobre una mesa, descansaba un manuscrito idéntico al que habían encontrado en Alcázar de San Juan.
—Vaya y vuelva para contarlo —leyó Javier en voz alta, sintiendo que el corazón se le desbocaba.
—Lo encontré hace cinco años —explicó Cervantes. Estaba en un baúl que compré a un buhonero. Al leerlo... viajé. Como supongo que habéis viajado vosotros. Pero yo fui hacia adelante, al futuro. A vuestro tiempo, imagino.
—¿Fuisteis al siglo XXI? —preguntó Constantino, incrédulo.
—Así es. Vi cosas que aún me maravillan y aterran. Máquinas que piensan, imágenes que se mueven sin magia, voces que cruzan el mundo en un instante. Pero sobre todo... vi libros. Miles, millones de libros. Y descubrí algo que cambió mi comprensión de la escritura.
Cervantes se sentó, invitándolos a hacer lo mismo.
—Vi que las historias no debían ser planas, con héroes perfectos y finales predecibles. Vi que los personajes podían ser complejos, contradictorios, reales. Vi novelas donde la forma misma era parte del mensaje. Y entendí que podía crear algo nuevo: una historia que se burlara de sí misma, que mezclara lo alto y lo bajo, que hiciera reír y llorar a la vez. La primera novela moderna.
—El Quijote —susurró Javier.
—El Quijote —confirmó Cervantes—. Pero no lo escribí solo. Este manuscrito que habéis encontrado y que os ha hecho venir a mi tiempo... es un portal, sí, pero también es algo más. Creo que fue escrito por el tiempo mismo, por todas las historias que fueron y serán. Cuando lo leí, alguien me dictaba. Una voz sin nombre, sin rostro. Me mostró lo que la literatura podía ser.
—¿Quién? —preguntó Constantino.
Cervantes sonrió enigmáticamente.
—Quizá el Cide Hamete Benengeli que invento en mi novela. Quizá los lectores del futuro que aún no han nacido. Quizá vosotros mismos, viniendo aquí esta noche. El tiempo es circular cuando se trata de historias.
Los tres permanecieron en silencio, escuchando el golpeteo de la prensa en el taller contiguo.
—¿Y ahora qué? —preguntó Javier—. Mañana sale vuestro libro y no tenéis idea de que dentro de cuatrocientos veintiún años seguirá siendo el más importante de la lengua española.
—Cuatrocientos veintiún años... —repitió Cervantes, asombrado—. ¿De verdad?
—El segundo libro más leído del mundo, después de la Biblia —confirmó Constantino—. Se ha traducido a más de ciento cuarenta idiomas. Ha inspirado películas, óperas, ballets, cuadros, musicales, esculturas… Don Quijote y Sancho son más reales para la gente que muchos personajes históricos.
Los ojos del viejo soldado se humedecieron.
—Entonces... valió la pena. Las prisas, las erratas, la pobreza. Todo valió la pena.
Cervantes se puso en pie con renovada energía.
—Pero basta de melancolías. Habéis viajado cuatrocientos años para encontrarme, y no puedo dejaros marchar sin antes compartir un poco de este Madrid mío. Venid, os llevaré a cenar. Conozco un mesón en la calle de los Tudescos donde sirven el mejor carnero asado de la villa.
El antiguo mesón de Ana Villafranca
Las calles nocturnas de Madrid eran un laberinto de sombras y peligros. Cervantes los guiaba con la seguridad de quien conoce cada recoveco, cada esquina donde podría acechar un rufián. Pasaron junto a grupos de hombres envueltos en capas que murmuraban en las esquinas, esquivaron charcos sospechosos y se apartaron cuando una patrulla de alguaciles pasó golpeando las puertas con sus varas.
—Cuidado con las espadas —advirtió Cervantes—. En Madrid se desenvaina por menos de nada. Los hidalgos pobres son los más peligrosos: tienen el honor más susceptible que la pólvora.
Finalmente llegaron a una casa de dos plantas con un farolillo colgado en la entrada. El letrero decía "Mesón de la Estrella". El interior era acogedor, iluminado por velas de sebo que proyectaban sombras danzantes en las paredes encaladas. El olor a guiso de carnero y vino caliente impregnaba el aire.
Una mujer de unos cuarenta años, aún hermosa, aunque marcada por la vida, se acercó al verlos entrar. Sus ojos se iluminaron al reconocer a Cervantes.
—Don Miguel, cuánto tiempo sin veros por aquí.
—Elvira —saludó Cervantes con una mezcla de afecto y melancolía—. Estos son mis amigos. ¿Tendrías mesa para tres caminantes hambrientos?
—Para vos, siempre —respondió ella, conduciéndolos a una mesa junto al fuego—.
Cuando Elvira, la dueña se alejó para traerles vino y comida, Cervantes se inclinó hacia sus acompañantes.
—Este mesón perteneció anteriormente a Ana Villafranca —dijo en voz baja—. Fue... bueno, fue importante para mí hace años. Tuvimos una hija, Isabel. No estábamos casados, comprendéis. Yo estaba casado con Catalina, aunque vivíamos más separados que juntos. Estas cosas pasan en Madrid. Pero Ana murió demasiado joven, en 1598 con tan solo 34 años y ahora lo regenta Elvira, una gran amiga suya. Soy cliente asiduo, soy feliz viniendo aquí, aunque la melancolía y el recuerdo afloran en mi…
—¿Y vuestra hija? —preguntó Javier con delicadeza—.
Una sonrisa genuina iluminó el rostro cansado de Cervantes.
—La acogí en mi familia. Le enseñé a leer, a escribir. Tiene ahora veinte años y lee mejor que muchos licenciados. Es lista, mi Isabel. A veces pienso que heredó todo lo bueno de mí y nada de lo malo. —Hizo una pausa—. Ana entendió que yo no podía casarme con ella. Había montado este mesón con la ayuda de un primo suyo y luego no pudo continuar el negocio porque la temprana muerte se lo impidió. La sigo recordando continuamente y no he podido olvidarla.
Elvira regresó con una jarra de vino tinto y tres escudillas de barro humeantes. El carnero estaba tierno, sazonado con hierbas que Constantino y Javier no lograban identificar del todo. El pan era oscuro y denso, pero sabroso cuando se mojaba en el caldo.
—Por Isabel —brindó Cervantes, levantando su copa—. Y por todas las mujeres fuertes que sostienen el mundo mientras los hombres nos dedicamos a escribir locuras.
Comieron despacio, saboreando cada bocado. Cervantes les contó historias del Madrid literario: las rencillas con Lope de Vega, las burlas de Góngora, los ingenios que se reunían en las gradas de San Felipe a despellejar reputaciones.
—Lope es un genio, no lo niego -decía Cervantes entre trago y trago-. Pero escribe tanto que no puede escribir bien siempre. Yo... yo escribo poco, pero lo pienso mucho. Quizá demasiado. Por eso he tardado tanto en publicar el Quijote.
La noche avanzaba. Otros parroquianos entraban y salían, algunos saludando a Cervantes con respeto, otros ignorándolo deliberadamente. Elvira, la posadera, pasaba de vez en cuando, rellenando con vino las jarras, intercambiando miradas cómplices con el escritor.
Cuando terminaron de cenar, Cervantes pagó con unas monedas que sacó de una bolsa casi vacía. Elvira intentó rechazarlas, pero él insistió.
—El honor, Elvira. Aunque sea pobre, aún tengo eso.
Salieron del mesón cuando la ciudad empezaba a aquietarse. Los alguaciles hacían sus habituales rondas y se saludaban en las esquinas. Un gato maullaba en algún tejado. El frío de enero calaba hasta los huesos.
Pasaron el camino de vuelta conversando. Cervantes les mostró Madrid, ese Madrid hediondo y brillante que había capturado en su crónica. Caminaron por el barrio de las Musas, evitando orines y rateros, y Cervantes les señaló las casas de Lope, de Quevedo, de Góngora.
—Aquí vivimos todos, odiándonos y admirándonos en secreto —dijo con ironía—. Lope me desprecia porque no lleno los corrales como él. Pero yo... yo tengo esto. —Señaló hacia la imprenta—. Tengo el Quijote.
La casa de la calle de la Magdalena y los libros de Cervantes
—Venid a mi casa —ofreció Cervantes—. Está cerca, en la calle de la Magdalena, muy cerca de la del León. No es gran cosa, pero al menos tenéis donde dormir que no sea un camastro de posada lleno de chinches.
Caminaron por calles cada vez más estrechas hasta llegar a una casa modesta de dos plantas, apretujada entre otras iguales. Cervantes abrió con una llave pesada y los hizo pasar. El interior olía a humedad y a cera de velas. Una mujer mayor —probablemente una criada o pariente— dormitaba junto al hogar casi apagado.
—No hagáis ruido —susurró Cervantes—. Mi esposa y mi hermana están arriba, durmiendo. Y mi sobrina también. Es esta una casa de mujeres. Yo soy el único hombre, y el más inútil de todos.
Los condujo a una habitación pequeña en la planta baja, apenas amueblada con dos jergones de paja y una manta raída. Trajo más velas y un poco de vino aguado.
—No es el palacio de un duque, lo sé —se disculpó—.
—Es perfecto —dijo Constantino con sinceridad—. Estamos en la casa donde nació el Quijote. No necesitamos más.
Cervantes sonrió y se sentó en un taburete, dispuesto a seguir conversando. La noche era joven aún, al menos para ellos.
—¿Sabéis? En vuestro tiempo leí sobre la batalla de Lepanto. Vi cuadros, grabados, mapas. Pero ninguno captaba la verdad de lo que fue.
—Contádnoslo —pidió Javier, acomodándose en el jergón—. Si queréis, claro.
Cervantes se quedó mirando la llama de la vela, como si en ella pudiera ver el pasado.
—Tenía veinticuatro años. Era soldado de la compañía del capitán Diego de Urbina, en el tercio de Miguel de Moncada. Navegábamos a bordo de la galera Marquesa. Estaba enfermo, con fiebre, cuando nos dijeron que la flota turca había sido avistada. El capitán me ordenó quedarme bajo cubierta, a salvo. —Hizo una pausa, y su voz se endureció—. Me negué. Le dije que antes morir por Dios y por mi rey que ocultarme como un cobarde.
—Y fuisteis a combatir —dijo Constantino—.
—Fui. Me colocaron en el esquife, la pequeña embarcación de la galera, con otros doce hombres. Era el puesto más peligroso, el más expuesto al fuego enemigo. Las balas de arcabuz silbaban como avispas furiosas. Vi hombres caer a mi lado, el mar se tiñó de rojo. Una bala me atravesó el pecho, otra me destrozó la mano izquierda. —Levantó su mano inútil—. Esto es lo que me llevé de Lepanto. Y la fiebre que casi me mata después.
—Pero sobrevivisteis —murmuró Javier—.
—Sobreviví. Seis meses en un hospital en Mesina. Cuando pude volver a sostener una espada, ya no era el mismo. Pero había aprendido algo importante: que la vida es frágil, que la muerte está siempre cerca, y que hay que aprovechar cada momento. —Sonrió con ironía—. Aunque luego tardé treinta años en aplicar esa lección a mi escritura.
—Y después... Argel —aventuró Constantino—.
La expresión de Cervantes se ensombreció.
—Argel. Cinco años cautivo, algunos de ellos con Hasán Bajá, el renegado veneciano que era más cruel que cualquier turco de nacimiento. Intenté escapar cuatro veces. Cuatro veces me capturaron. Debieron empalarme, esa era la costumbre. Pero Hasán pensó que yo valía más vivo, que mi familia pagaría un rescate mayor. —-Rio sin humor—. Mi pobre familia, que apenas tenía para comer, reuniendo ducados para comprar mi libertad.
—¿Qué hicisteis durante esos cinco años? —preguntó Javier—.
—Sobrevivir. Observar. Aprender. Vi cosas que nunca olvidaré: la crueldad, sí, pero también la complejidad de un mundo que nosotros, los cristianos, pintamos siempre como simple maldad. Conocí a turcos nobles y a cristianos viles. Vi que el cautiverio podía quebrar a los hombres o fortalecerlos. Y escribí, en mi cabeza, historias que algún día pondría en el papel.
Se inclinó hacia adelante, la luz de la vela haciendo que sus ojos brillaran con intensidad.
—Todo lo que he vivido —dijo— está en el Quijote. Lepanto me enseñó el valor del honor, pero también su precio. Argel me mostró que el mundo es más grande y extraño de lo que podemos imaginar. El cautiverio me dio tiempo para pensar, para crear en mi mente personajes que luego cobraron vida en el papel. Don Quijote es un soldado derrotado que se niega a rendirse. Sancho es la sabiduría práctica que aprendí de los hombres simples que conocí en prisión. Dulcinea... —sonrió tristemente— Dulcinea es todas las mujeres que amé y perdí.
—Convertisteis vuestro sufrimiento en arte —dijo Constantino—.
—Convertí mi vida en literatura. ¿Qué otra cosa podía hacer? No tenía fortuna, ni título, ni éxito. Pero tenía historias. Y esas historias, espero, vivirán más que yo.
Hablaron hasta que las velas empezaron a consumirse. Cervantes les contó del cautivo que aparece en el Quijote, que es él mismo bajo otro nombre. Les habló de cómo cada personaje del libro llevaba un pedazo de su vida: aquí un recuerdo de Italia, allá una conversación en una venta manchega, más allá el rostro de un soldado conocido en Flandes.
—La literatura, —les confió cuando la madrugada se acercaba— es una forma de vencer a la muerte. Los cuerpos se pudren, las glorias se olvidan, los imperios caen. Pero las historias... las historias permanecen. Si dentro de cuatrocientos años la gente todavía lee el Quijote, entonces habré logrado lo que ningún soldado ni rey puede lograr: la inmortalidad.
Ya entrada la madrugada, se encontraron acomodados alrededor de una mesa iluminada por un candil de aceite. El ambiente era íntimo, cargado de ese silencio que solo existe en las horas previas al alba. Constantino, aprovechando la confianza que se había establecido entre ellos, se atrevió a plantear una cuestión que le rondaba la cabeza desde hacía horas.
—Don Miguel —comenzó con cautela—, perdonad mi atrevimiento, pero... ¿habéis testado? ¿Tenéis vuestros asuntos en orden?
Cervantes lo miró con cierta sorpresa, pero luego sonrió con melancolía.
—Vaya pregunta para esta hora de la noche. Pero sí, señor mío, he testado. Un hombre de mi edad y con mi quebrantada salud debe tener sus cosas dispuestas. Aunque poco hay que repartir, he de confesarlo.
—¿Y figuran en vuestro testamento los libros que poseéis? —insistió Constantino, inclinándose hacia adelante—. Vuestra biblioteca debe de ser extraordinaria.
El rostro de Cervantes se iluminó con un brillo especial.
—Ah, mis libros. Lo único que verdaderamente poseo, además de deudas y sueños rotos. Sí, están inventariados. Esperad un momento.
Se levantó con cierta dificultad y se dirigió a un arcón de madera oscura que descansaba en un rincón. Al abrirlo, el aroma a papel viejo y cuero tratado inundó la estancia. Rebuscó entre algunos documentos hasta extraer unos pliegos cuidadosamente doblados.
—Aquí está —dijo, regresando a la mesa y desplegando el documento—. Mi testamento. Hecho ante el escribano Gaspar de Vallejo el año pasado. Como podéis ver, he dispuesto que mis libros pasen a manos de quien pueda apreciarlos.
Constantino y Javier se acercaron para observar la lista escrita con letra apretada y pulcra. Entre los títulos inventariados, dos llamaron poderosamente la atención de Constantino:
—Silva de varia lección de Pedro Mexía... —leyó en voz alta—. Y la Philosophia secreta de Juan Pérez de Moya.
—Ah, habéis escogido dos de mis favoritos —exclamó Cervantes con evidente satisfacción—. Mexía y Pérez de Moya han sido mis maestros silenciosos, mis compañeros en las noches de insomnio.
Se levantó nuevamente y, esta vez con más entusiasmo, sacó del arcón dos volúmenes. El primero era un libro ya gastado, con las esquinas dobladas y manchas de uso en las páginas. El segundo, más reciente, conservaba mejor su encuadernación.
—La Silva de varia lección —dijo Cervantes acariciando el primer volumen con ternura—. Publicada en 1540, cuando yo aún no había nacido. Este libro es un tesoro, caballeros. Mexía reunió aquí todo el saber clásico: anécdotas de griegos y romanos, filosofía natural, historias de grandes hombres... Todo lo que un hombre de letras debe conocer.
Abrió el libro por una página marcada y señaló un pasaje.
—Aquí, por ejemplo, cuenta la historia de Alejandro Magno y su caballo Bucéfalo. Y más adelante, las hazañas de los emperadores romanos. Cuando escribo sobre caballería y grandeza en el Quijote, las sombras de estos héroes antiguos danzan en mi pluma, aunque sea para burlarse de ellos.
Javier observaba fascinado los márgenes del libro, llenos de anotaciones en la letra de Cervantes.
—Habéis leído esto con dedicación —comentó—.
—Una y otra vez —confirmó el autor—. Cada lectura me revela algo nuevo. Mexía tiene el don de hacer que lo antiguo parezca vivo y cercano.
Luego tomó el segundo volumen, más voluminoso.
—Y este es mi más reciente tesoro, Philosophia secreta de Juan Pérez de Moya, con un subtítulo de lo más revelador: Donde debajo de historias fabulosas se contiene mucha doctrina provechosa a todos estudios, con el origen de los Ídolos o Dioses de la Gentilidad. Es materia muy necesaria para entender Poetas y Historiadores, publicado hace solo veinte y cinco años. —Sus ojos brillaron—. Este libro es diferente. Aquí Pérez de Moya desentraña los misterios de la mitología clásica, explica el significado oculto de las fábulas antiguas, revela la sabiduría que se esconde bajo el velo de las alegorías.
Pasó las páginas con reverencia, deteniéndose en ilustraciones de dioses y héroes.
—Mirad aquí: toda la genealogía de los dioses olímpicos, las interpretaciones morales de las Metamorfosis de Ovidio, el sentido filosófico de los trabajos de Hércules... Cuando hago que don Quijote hable de Amadís o de Roldán, cuando menciono a los dioses y héroes de la antigüedad, es porque he bebido de esta fuente.
Constantino, emocionado, señaló un pasaje sobre la interpretación alegórica del mito de la Cueva de Montesinos.
—Don Miguel, esto es extraordinario. Habéis construido el Quijote sobre los cimientos de la tradición clásica.
Cervantes cerró los libros con cuidado y los sostuvo contra su pecho.
—Así es, amigo mío. Muchos dirán que mi Quijote es solo una burla de los libros de caballerías. Y lo es, no lo niego. Pero es también mucho más. Es un diálogo con toda la tradición literaria occidental: los griegos, los romanos, los italianos... Mexía me enseñó los hechos; Pérez de Moya me enseñó los significados. Entre ambos, aprendí que toda gran historia lleva dentro otras historias, como esas muñecas rusas que dicen que existen en tierras lejanas.
Devolvió los libros al arcón con gesto protector.
—Por eso los incluí en mi testamento. Cuando yo me vaya, estos libros seguirán enseñando. Son semillas de sabiduría, y las semillas están hechas para germinar en nuevas tierras.
—En vuestro tiempo futuro —preguntó con curiosidad—¿aún se leen estos autores? ¿Mexía y Pérez de Moya siguen vivos en las bibliotecas?
Constantino intercambió una mirada con Javier antes de responder con honestidad:
—Os mentiría si dijera que son tan leídos como vos, don Miguel. Pero los estudiosos los conocen, y cuando leen el Quijote con atención, descubren vuestras fuentes. Descubren que vuestro genio no nació de la nada, sino que bebió de los mejores pozos.
Cervantes asintió con satisfacción.
—Es suficiente. Un autor no necesita que todos conozcan sus fuentes, solo que las fuentes fluyan clara y abundantemente en su obra. El Quijote es un río alimentado por mil manantiales.
Se quedaron en silencio unos momentos, contemplando el arcón que guardaba aquellos tesoros. Luego Cervantes volvió a sentarse y miró a sus visitantes con expresión solemne.
—Habéis venido del futuro para conocerme en la víspera del nacimiento de mi libro. No sé qué designio os trajo aquí, pero me alegra poder mostraros que detrás de cada página de mi don Quijote hay horas de lectura, años de aprendizaje, una vida entera dedicada a amar las letras.
—Y eso —dijo Javier con voz emocionada— es lo que hace que vuestra obra sea inmortal, don Miguel. No solo la historia de un hidalgo loco, sino todo el amor por la literatura que late en cada línea.
Cervantes sonrió, y por un momento pareció más joven, menos cansado.
—Entonces tal vez valga la pena todo. Las penurias, el cautiverio en Argel, los desprecios, las deudas... Si de todo ello nació algo que perdura, puedo irme en paz cuando llegue mi hora.
Finalmente, agotado por las emociones y el vino, Cervantes se despidió.
—Descansad, amigos. Mañana será un día importante. El Quijote sale al mundo. Y vosotros... bueno, supongo que tendréis que volver a vuestro tiempo.
Los dejó solos en la habitación. Constantino y Javier se quedaron despiertos un rato más, susurrando en la oscuridad.
—¿Te das cuenta de dónde estamos? —decía Javier—. En la casa de Cervantes. La noche antes de que el Quijote salga a la venta. Es... es imposible.
—Y, sin embargo, aquí estamos —respondió Constantino—. Viviendo lo imposible.
Se durmieron escuchando los ruidos nocturnos del Madrid del Siglo de Oro: un perro que ladraba, pasos apresurados en el empedrado, una voz borracha cantando una copla obscena.
El amanecer y un inesperado regalo
El amanecer llegó tímidamente por la ventana. Cervantes los despertó con pan y queso de cabra que, les explicó, era todo el desayuno que podía ofrecer.
—En esta casa comemos poco y mal —bromeó—. Pero al menos comemos.
Después los llevó de vuelta a la imprenta de Juan de la Cuesta. El taller ya bullía de actividad. Los operarios cargaban los primeros ejemplares del Quijote en carros para distribuirlos por las librerías de Madrid. El aire olía intensamente a tinta y a papel nuevo.
En el cuarto trasero, el manuscrito Vaya y vuelva para contarlo seguía sobre la mesa donde lo habían dejado. Ahora parecía vibrar con una luz tenue, casi imperceptible.
—Os está llamando —dijo Cervantes—. Lo siento en el aire. Debéis volver.
—¿Cómo sabéis...?
—Porque me pasó lo mismo cuando volví de vuestro tiempo. El portal se cierra. Pero antes... —Se dirigió a un arcón y sacó un ejemplar recién impreso, sin encuadernar, oliendo a tinta fresca—. Llevad esto. Es la primera edición del Quijote. Uno de los primeros que salieron de la prensa esta madrugada.
—No podemos aceptar esto —protestó Constantino—. A nuestra época solo han llegado veintiocho ejemplares repartidos por el mundo...
—Pues ahora serán veintinueve —sonrió Cervantes—. Consideradlo un regalo del pasado al futuro. O del futuro al pasado. Ya no sé qué es qué.
Les entregó el libro con solemnidad. Los pliegos sueltos, aún sin coser, parecían frágiles como alas de mariposa.
—Y decidme una cosa —añadió Cervantes, con la mirada brillante—. En vuestro tiempo... ¿la gente aún sueña? ¿aún cree en molinos que son gigantes?
Javier sonrió con los ojos húmedos.
—Cada día, don Miguel. Cada día.
El manuscrito Vaya y vuelva para contarlo comenzó a brillar sobre la mesa. Constantino y Javier lo abrieron, abrazando contra sus pechos el ejemplar del Quijote, y las palabras volvieron a fluir ante sus ojos. El aire se espesó, la luz se volvió eléctrica y moderna, y de pronto...
De vuelta en Alcázar de San Juan
Estaban de nuevo en la sede de la Sociedad Cervantina. La lámpara LED zumbaba suavemente. Sus ropas modernas habían regresado. Pero entre las manos de Constantino, envuelto en un paño de lino, reposaba un tesoro imposible: un ejemplar de la primera edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Madrid, Juan de la Cuesta, 1605.
Javier temblaba.
—¿De verdad pasó? ¿O nos hemos vuelto locos como don Quijote?
—Pasó —afirmó Constantino, acariciando los pliegos con reverencia—. Y ahora entiendo todo. Cervantes no solo escribió la primera novela moderna. Escribió un libro sobre creer en lo imposible. Y nosotros acabamos de vivirlo.
Sobre la mesa, el manuscrito Vaya y vuelva para contarlo descansaba abierto en su última página. Las letras habían cambiado. Ahora decían:
"El tiempo es un libro que todos escribimos. Cervantes puso la primera palabra. Vosotros habéis añadido la vuestra. Que otros vengan a continuar la historia. Porque mientras haya quien crea en molinos que son gigantes, la literatura estará viva".
Ambos se miraron y sonrieron. Fuera, en las calles tranquilas de Alcázar de San Juan, la mañana del 16 de enero de 2026 continuaba su curso. Pero en esa sala, rodeados del olor a tinta antigua y a aventuras imposibles, dos hombres acababan de convertirse en parte de la leyenda más grande de la literatura española.
Al fin y al cabo, aunque pensemos que sean gigantes en lugar de molinos de viento, todos necesitamos creer en nuestros sueños de vez en cuando.
Y algunas veces, muy de vez en cuando, esos sueños nos devuelven la mirada y nos invitan a vivir la aventura de nuestra vida.
Epílogo
El ejemplar número veintinueve de la primera edición del Quijote, en rama, aún sin encuadernar, se exhibe ahora en la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan. Los expertos están desconcertados: el papel es auténtico, la tinta es de época, la tipografía coincide perfectamente con los ejemplares conocidos. Pero es imposible. Simplemente imposible.
Constantino y Javier sonríen cuando les preguntan. "Lo encontramos en el archivo", dicen. "Un milagro cervantino".
Y en cierto modo, tienen razón. Porque si algo nos enseñó don Quijote es que la línea entre la locura y la genialidad, entre la realidad y el sueño, entre el pasado y el futuro, es tan delgada como una página de un libro.
Y a veces, solo a veces, esa página se puede cruzar.
FIN