Álvaro Espina

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La tercera parte de mi trilogía Cerbantes (El combate de las letras, Suma, 2025) recorre los 35 últimos años de la vida de Cervantes, captando como en un friso el tránsito desde la literatura renacentista a la literatura barroca. En el caso de Cervantes eso importa menos, porque Miguel encarna en si mismo esa transición, como dijo Ortega. Pero no así en el de los otros contendientes en el combate literario que se entabló entonces.

 

Luis de Góngora: del renacimiento al barroco

El caso más conspicuo es el de Luis de Góngora, nuestro mejor poeta de todos los tiempos: primero, en Salamanca como discípulo de Fray Luis de León, escribiendo los romances y poemas que el gran maestro renacentista recomendaba para la renovación del romancero, sublimando la tradición greco-latina y hebraica.

Tras participar en la academia de Toledo, en la que se enemista con Lope de Vega, Góngora pasa a Córdoba como racionero de la catedral, y desde allí desarrolla una actividad poética febril, aunque ve cómo van mermando sus ingresos, sintiendo en sus carnes las carencias de rentas que acucian a toda la monarquía, consecuencia de la política demencial de Felipe II, hasta el punto de que Góngora acabará convirtiéndose en un “pretendiente en corte”, lisonjeando primero al secretario de Felipe II, Cristóbal de Moura.

Más tarde cambia de bando y escribe el Panegírico del duque de Lerma, valido del nuevo rey Felipe III, autor de la Pax Hispánica. Todo esto al mismo tiempo que escribe Las Soledades, una enorme silva pastoril que lleva a su cima la poesía española, verdadera síntesis de la poesía renacentista y barroca, así como El Polifemo, signo de distinción de nuestro siglo de Oro.

En Madrid Góngora solo alcanzará el mísero puesto de miembro de la capilla Real, protagonizando la pugna más feroz entre los mayores escritores de entonces reflejada en la enemiga entre Góngora y Lope, que acabará llevando a Quevedo, discípulo del Fénix, a comprar la casa de Góngora y a desahuciarlo, mandándolo a morir a Córdoba.

Al mismo tiempo, la contienda entre Góngora (y Cervantes) contra Lope (y Quevedo), es la mejor síntesis del tránsito entre el Renacimiento y el Barroco: dos críticos acérrimos del sistema vigente contra dos “adoctrinadores” del mismo, como estableció don José Antonio Maravall.

De la mano de Fray Luis, Góngora apareció primero como el campeón de la poesía clásica, trasladada al nuevo romancero, e incluso a la égloga arcádica heredada de Garcilaso y de la nueva poesía petrarquista, cultivada en las academias de Salamanca y Toledo, en donde se gestó el nuevo romancero y la poesía pastoril. En esa órbita se situaba también el primer Cervantes, con su Galatea, publicada a los cuatro años de su vuelta a Madrid, siendo imitado enseguida por Lope, con su Arcadia, más ramplona.

La comedia clásica y la novela griega frente a la “comedia nueva” y la novela realista.

En su pretensión de preservar el aliento de la comedia y la tragedia clásicas de Plauto y Terencio, Cervantes sucumbe enseguida ante la irrupción de la “comedia nueva” de Lope.

Siguiendo a Horacio, los clásicos, querían enseñar y deleitar al mismo tiempo, bajo las reglas conocidas por todos. En cambio, Lope solo pretendía halagar al vulgo, dándole las vulgaridades que le gustaban, extraídas en buena medida de su experiencia de “prechulillo, rufián y precharrán:

“Un Lope prepinturero que tenía la desvergüenza de hacer reclamo de sus propias debilidades”, como dijo F. C. Sainz de Robles, aunque todo ello revestido de la mejor capacidad versificadora de la historia de nuestra literatura.

Miguel se atuvo al canon renacentista. Rodríguez Adrados identificó la pauta inicial del Quijote con la Vita de Esopo, el esclavo frigio, feo y gordinflón, capaz de dar lecciones a sus dueños, mucho más doctos. García Gual consideró también como rasgo típicamente clásico la oposición entre lo apolíneo y lo epicúreo. En mi Cerbantes esta oposición se observa entre el Apolo-Quijote y el Sancho-Sileno —el ayo de Dioniso—. Por no hablar de su novela póstuma, El Persiles, que trajo a la edad moderna la obra de Heliodoro, que Miguel consideró su mayor legado a la literatura española.

En suma, al fundar la novela moderna Cervantes se erigió en el continuador de la antigüedad clásica greco-romana, mientras que sus oponentes barrocos renegaban de ella, en busca de una modernidad desmediada y vacía, cuyo referente era el dictado del poder establecido. Mientras tanto, Góngora se mantenía en una estética propia de la utopía aristocrática y Miguel optaba por la oposición radical al régimen austracista, que mantenía en un cautiverio oprobioso a su adorada Ana de Mendoza y de la Cerda, quien estableció como su legado personal la sustitución de la dinastía Habsburgo por la de Borbón. Así, mi obra compendia el tránsito entre el Renacimiento y el Barroco, como le prometí a Maravall.

No cabe buscar en las grandes obras de Miguel el más mínimo respeto a la ortodoxia religiosa tridentina, pues no hay otra religión en La Galatea que el paganismo de la Arcadia, ni en el Quijote otra que el código de la caballería andante, ni en el Persiles otra que las de las mitologías nórdicas.  Precisamente el único tropiezo de Cervantes con la Inquisición (portuguesa) fue el de la bendición del bálsamo de fierabrás con “más de ochenta paternóster y otras tantas avemarías, salves y credos, acompañando a cada palabra con una cruz”. La Inquisición la entendió como una burla al rosario y la censuró. Y es que la piedad cervantina era la de la religiosidad interior del primer Loyola, que fue la de los Éboli, del padre Nadal y de doña Juana de Austria.

En cambio, la piedad tridentina es una de las características del Quijote de Avellaneda, que parece pensado para tridentizar a nuestros dos personajes, lo que concuerda con que el autor oculto fuera el confesor del rey.

En realidad, Cervantes combatió con armas renacentistas contra la llegada del barroco, aunque él mismo quedó atrapado por las redes del tiempo nuevo, creando la novela moderna: como Shakespeare y Lope, él también le dio al vulgo lo que quería entregándole el primer Quijote.

Bien es verdad que Miguel lo hizo espoleado por la urgencia económica de escribir que le trasmitía Robles, su editor, netamente moderna, aunque movido por reflejos e instintos que solo se explican por el inmenso misterio de la creación literaria, que nada ni nadie ha sabido explicar: los antiguos los imputaban a las musas, y Cervantes también.

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