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José Javier Blanch del Casar.- Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

 

Dícese —y lo dicen quienes gustan de contar historias verdaderas— que en aquel invierno, tan frío que hacía crujir los huesos como si fuesen ramas secas, andaba Sancho Panza más revuelto que un odre a medio llenar. La causa era que el calendario se empeñaba en acercar la Navidad sin misericordia, y Sancho, que jamás fue avaro de cariño hacia su amo, deseaba regalarle algo que le alegrase los días y le avivase el seso, si es que tal cosa fuera posible.

—¡Ay, Dios mío! —rezongaba paseándose por un camino polvoriento que el viento limpiaba a su antojo—. ¿Qué podría yo ofrecer a mi señor, que es hombre tan particular que se contenta con todo y a la vez con nada? No quiere riquezas, no codicia dulces, no estima joyas… ¿Qué queda, pues, para contentarlo?

En estas cavilaciones caminando por Alcázar de San Juan, su patria chica y lugar donde se encontraba su morada, al pasar por la tienda del escribano vio el libro que habría de mudar su preocupación en ingenio. Era un tomo grande, robusto, de tapas lisas, sin sello ni inscripción alguna. Tanto llamaba la atención por su sencillez, que Sancho se detuvo como quien oye campanilla celestial.

—¡Por vida de mi abuela! —exclamó—. Si este libro no tiene nada, será porque está esperando a mi señor don Quijote para que lo llene de todo. ¡Aquí ha de escribir sus pensamientos, que son más que los pájaros en el campo, y sus aventuras, que no hay molino ni gigante que no las conozca ya!

Entró en la tienda, regateó un poco, por costumbre más que por necesidad, y salió con el libro envuelto en un paño. Todo el camino de regreso lo guardó como si fuese un tesoro robado a un rey moro.

Llegada la Nochebuena, cuando las estrellas parecían candelas puestas a propósito para alumbrar aquel instante, Sancho dio su presente a don Quijote. El caballero, que siempre recibía los dones con gravedad de monarca, lo abrió despacio. Al ver el blanco incólume de las páginas, quedó perplejo.

—Sancho, ¿qué misterio encierra este volumen sin letras? ¿Pretendes burlarte de mí con un libro que no es libro, sino mero silencio encuadernado?

—No es burla, señor mío —respondió el escudero, besando el borde de la gorra—. Antes bien quiere vuesa merced tener donde escribir su verdadera historia, que bien merece estamparse en papel fino. Y como nadie la sabe mejor que vos, ¿quién mejor para contarla?

Entonces don Quijote, que tenía el corazón presto a la ternura y el entendimiento siempre deseoso de empresa elevada, cambió de gesto y abrazó a Sancho con un afecto tan sincero que al pobre se le humedecieron los ojos.

—Amigo Sancho —dijo—, con esto me dais la llave para que yo mismo escriba el capítulo que el tiempo ha de respetar. No habrá nigromante ni encantador que pueda borrar lo que aquí deje estampado.

Y, sin más dilación, tomó pluma y tintero. Pasó don Quijote horas enteras escribiendo con la pasión de hombre que quiere dejar memoria para los siglos. Relató su infancia en Alcázar de San Juan, donde ya soñaba con caballerías cuando otros niños apenas sabían atarse los zapatos; contó sus primeras cacerías, donde perseguía liebres como si fueran dragones tímidos; narró cómo se entregó a la lectura de los libros de caballería hasta
perder la cuenta del día y de la razón; y pintó, con trazos tan vivos que parecían cabalgar en la página, sus andanzas por la Mancha en busca de justicia, fama y aventura.

Hubo un capítulo en el que habló con particular cariño de un tal Miguel de Cervantes, soldado curtido y poeta de ingenio vivo. Decía de él que era «hombre de buena pluma, mejor juicio y ánimo sufrido por las desdichas de la vida». Y explicaba que le tenía gran amistad, nacida de conversaciones largas, de esas que a un caballero le refrescan el alma como agua clara al sediento.

Mientras don Quijote escribía y reescribía, Sancho cocinaba, barría, atendía a Rocinante y a su jumento, y cada tanto asomaba la cabeza para ver si su amo necesitaba algo.

—¿Quiere vuesa merced un caldo? —preguntaba.

—No, Sancho —respondía don Quijote sin apartar la vista del papel—, que ahora alimento mi espíritu, que también tiene hambre.

Y así pasaron varios días y llegado el de San Silvestre un rumor comenzó a circular por la villa como perro que no se deja atajar: que el propio Cervantes había escrito un libro contando las aventuras de don Quijote y de Sancho, y que la obra era tan extraordinaria que ya corría de mano en mano.

Sancho fue el primero en oírlo y acudió a su señor tan agitado que parecía haber encontrado un tesoro o un fantasma.

—¡Señor! —gritó entrando sin llamar—. ¡Noticias traigo que harán que vuesa merced se suba a las nubes sin necesidad de escoba de bruja!

Don Quijote levantó la pluma, sorprendido.

—¿De qué se trata, buen Sancho? ¿Ha vuelto a aparecer algún gigante disfrazado de molino?

—No, señor, que esto es más grande. Dicen que Cervantes ha escrito un libro donde cuenta vuesas hazañas, mis refranes y hasta las veces que nos dieron palos. ¡Un libro entero, señor!

Don Quijote palideció y luego enrojeció, tan pronto como un candil que flamea.

—¿De mí? ¿De nosotros? ¿Un libro? ¿Y quién lo ha visto?

—Los más del pueblo, señor. Y aseguran que es cosa fina, de las que hacen reír, llorar y pensar, todo a un mismo tiempo.

No esperó más el caballero. Sin ponerse capa ni preocuparse del frío, salió disparado hacia la librería. Sancho trotaba detrás, cuidando que no resbalase su amo en el hielo.

Al llegar, don Quijote pidió el libro con voz temblorosa. El librero, que ya estaba avisado del revuelo, se lo entregó con una sonrisa.

Don Quijote lo tomó con ambas manos, cual si fuera reliquia bendita, y leyó la portada.

Al reconocer su nombre y figura dentro de aquellas letras impresas, los ojos se le llenaron de un brillo que no era de locura, sino de legítimo asombro.

—Sancho —dijo al fin, muy quedo—, ¡ya soy personaje de historia! ¡Y tú también, amigo mío!

Volvieron a casa y, sin más ceremonia, se sentaron junto al fuego. Don Quijote abrió el libro con devoción casi religiosa y empezó a leer en voz alta. Cada página parecía devolverle su vida, pero pulida, ordenada y contada con gracia que solo un escritor como Cervantes podría dar.

—Por mi barba —murmuró Sancho—, que si uno no supiera que esto pasó de veras, pensaría que es pura invención.

—Eso mismo es el arte, Sancho —dijo don Quijote—: verdad vestida de maravilla.

Y así transcurrió aquella noche vieja, leyeron hasta muy entrada la noche. Y cuentan los que estuvieron presentes —que no fueron muchos, pero sí suficientes para dar fe— que jamás hubo Navidades más gozosas en aquella casa. Porque pocas felicidades igualan la de verse a uno mismo en páginas que habrán de durar más que los hombres.

De este modo, entre el libro que Sancho regaló para que don Quijote escribiera su vida, y el que Cervantes escribió para que el mundo la conociera, quedaron sellados para siempre los destinos de caballero, escudero y escritor, los tres enlazados en la inmortal memoria de la Mancha.

(A Don Miguel con la admiración y gratitud de un humilde paisano)


JBC diciembre de 2025