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EN MEMORIA DE ENRIQUE SUÁREZ FIGAREDO
Los ocupados lectores del siglo XXI requerimos del autor de una novela numerosas descripciones, y muy precisas, para percibir el entorno en el que sitúa su ficción. Sin embargo, el desocupado lector de principios del siglo XVII no necesitaba que Cervantes describiera en el Quijote lo que para todos era simplemente conocido.
Mientras escribo este artículo, en el Corazón de la Mancha, acabamos de pasar otra larga ola de calor, término actual que los meteorólogos usan para alertar de temperaturas por encima de lo normal durante un cierto tiempo. La primera parte del ingenioso don Quijote,exclusivamente por territorio manchego, trascurre en verano, precisamente en esta parte del verano más caluroso. Quienes tenemos el privilegio de vivir en el centro de la Mancha sabemos que la canícula, el tiempo de temperaturas más altas durante el verano, es, como decían nuestros padres y abuelos, entre virgen y virgen, entre la Virgen del Carmen el dieciséis de julio y la Virgen de Agosto el quince de agosto en sus cientos de advocaciones: de la Paloma, de Los Reyes, de Begoña… En este espacio de tiempo no es extraño estar varios días seguidos a cuarenta grados a la sombra en las horas centrales del día e incluso más, y tampoco nos extraña que el cielo descargue alguna que otra tormenta normalmente moderada, con la gente del campo mirando de reojo cómo se van formando al final de un día bochornoso los torreones de nubes que indican posibles tormentas. Solo faltan pocos días para que comience la vendimia y una tormenta local con pedrisco puede arruinar toda la cosecha de uva. Y esto era también así en tiempo de la escritura del Quijote, nada nuevo o excepcional en esta tierra para autor y lector.
Pocos más datos necesitaban sus primeros lectores para imaginarse la penosa imagen de don Quijote dirigiéndose por un camino hacia la venta donde iba a ser burlescamente ordenado caballero, que los que les describe el narrador de la historia: «una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de Julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza y por la puerta falsa de un corral salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo».
Hoy nos cuesta imaginar esta imagen, casi irreal, de un hombre viejo revestido de armadura de chapa de hierro y un casco con visera del mismo material bajo el sol sobre un caballo casi inválido, a cuarenta grados, durante todo el día. Su cuerpo tenía que estar al borde de sufrir lo que hoy conocemos como un “golpe de calor”. Una imagen entre trágica y conmovedora para los lectores actuales, Cervantes la describe así a sus lectores: «Con esto caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera».
Al final del día don Quijote cree ver un castillo, o un simple espejismo. Los espejismos en la Mancha durante el verano son percibidos por locos y por cuerdos. Miramos el horizonte y este tintinea por el cambio de la densidad del aire pegado a los campos recién segados y a los secos barbechos. Y surgen esas extrañas figuras que cuando nos vamos acercando mutan o desaparecen como por arte de magia. Si esto nos pasa hoy viajando en un vehículo por una carretera, más aún era percibido a lomos de un caballo o una mula por los caminos manchegos hace cuatro siglos. Nos dice el narrador que «al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre, y que, mirando a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaba» Hoy casi no hay ventas que estuviesen en uso a principios del siglo XVII y a los lectores de hoy nos parece inverosímil que don Quijote tomase este establecimiento de servicios al caminante como un castillo.

Sin embargo, para los primeros lectores acostumbrados a reconocer una venta al borde de un camino, la mayoría de ellas con al menos una torre palomar, esta primera visión que tuvo don Quijote después de un largo día de julio manchego, cansado y muerto de hambre, no les produciría ninguna sorpresa, al contrario. Cervantes dio al texto verosimilitud, también en los caminos y parajes elegidos para situar las aventuras del ingenioso hidalgo. Después, lo que para sus lectores era un simple espejismo debido al calor, Cervantes lo trasmuta finalmente a ojos de don Quijote en «un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan», provocando, ahora sí, las carcajadas entre ellos.
La segunda salida de don Quijote, repuesto de los palos que un mozo de mulas le dio en su regreso de la venta, ya con su escudero y vecino Sancho Panza es durante esta misma canícula. Dice el narrador que «sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese, en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque los buscasen» En este tiempo del verano cuando entraba la noche los vecinos salían a las puertas de las casas con sus sillas unos o sentados en el poyos otros a esperar que el viento solano les refrescase un poco antes de irse a dormir. Corros de mayores hablando de sus cosas mientras los muchachos jugaban se iban deshaciendo ya bien entrada la noche. Aún hoy es posible ver esta estampa en las calles más antiguas de los pueblos manchegos. En una corta noche de verano poco tiempo pasó desde que caballero y escudero notaron que sus familias y vecinos dormían plácidamente para salir al campo y al amanecer «descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo».
Cervantes conoce bien los usos y costumbres de los vecinos del ingenioso hidalgo y su escudero, como el mapa y la imagen del territorio en esta parte de la Mancha. Solo Campo de Criptana disponía a principios del siglo XVII con esos «treinta o pocos más desaforados gigantes» y en esta época del año estaban en plena molienda del cereal recién cosechado. El viento predominante en esta zona es el solano o de levante, pero es un aire caprichoso. Los molineros y sus mozos tenían que aprovecharlo cuando este soplaba, la mayoría de los días de verano por la noche. Al salir el sol el solano se acostaba hasta la noche siguiente. Quienes hemos visto y sentido moler a uno de estos artilugios con su maquinaria original nos ha quedado la impresión de estar cerca de un gigante. Exteriormente la forma y dimensiones del edificio te empequeñecen. Sus cuatro grandes aspas vestidas con las lonas crujen frenadas por el molinero. Solo tiene una puerta, que ya te parece una oscura boca, por la que se accede a su interior y te permite subir por sus extrañas escaleras de caracol hasta el moledero. El molinero desenfrena cuidadosamente el molino y la maquinaría de madera con sus asientos, ejes y engranajes hacen roncar las piedras molineras deshaciendo el grano en fina harina. A pesar de los guardapolvos una ligera niebla blanca invade el espacio en medio de una confusa vibración. Lo que para cualquier lector actual del Quijote la molienda en un molino de viento es una experiencia muy excepcional para los primeros lectores era muy cotidiana. Sin haber tanta concentración de molinos de viento, como era en Campo de Criptana, estos artilugios molineros estaban repartidos por una buena parte de la Mancha y también por el resto de la España seca. Para quienes no los conociesen, ahora sí, les deja Cervantes detalles de ellos: «—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino».
A un lector actual le puede parecer extraño que Cervantes no describiese nada más de la escena donde un molino de viento se pone en marcha por una ligera brisa al poco de amanecer y que en todo ese alboroto no apareciese su molinero. A su desocupado lector, que sabía que después de una larga noche de molienda tanto molinero como mozo estarían durmiendo en el fresco silo aledaño, no.
De nuevo don Quijote y Rocinante por los suelos, esta vez golpeados por las aspas de uno de estos molinos. Después de dirigirse hacia Puerto Lápice, donde caballero y escudero vuelven a salir maltrechos, uno con un buen corte en la oreja y el otro molido a golpes por los mozos de los frailes de san Benito, y después de nuevas aventuras y más golpes llegan a una venta a las puertas de Sierra Morena, la Venta de la Inés. Se adentran en la sierra después de pasar una noche en la venta, también de mal recuerdo para ambos aunque peor para Sancho, llegando a una zona escondida, fuera del camino real de Toledo a Sevilla que la atraviesa. En medio les acontece la aventura de los rebaños de ovejas, la del cuerpo muerto y otra nueva noche sin pegar ojo, esta vez por culpa de unos terroríficos golpes que tronaban en mitad de ella que por la mañana descubren que son producidos por un simple batán. Y comienza a llover, la única vez que llueve en toda la primera y segunda parte del Quijote, también en medio de la canícula veraniega.
Debido a esta ligera lluvia de una mañana de verano, un barbero que les venía de frente por el mismo camino «por que no se le manchase el sombrero —que debía de ser nuevo— se puso la bacía sobre la cabeza, y como estaba limpia, desde media legua relumbraba». Bacía que desde ese momento se transforma en el famoso Yelmo de Mambrino que, una vez arrebatado a su dueño, acompañará al ingenioso hidalgo siempre. Hoy ver una bacía de barbero en cualquier parte del mundo recuerda no solo su antiguo uso en el afeitado de las barbas sino al mismo don Quijote de la Mancha, aunque no se haya leído ni una línea de la novela. Con su famoso yelmo en la cabeza libera a unos hombres que iban condenados a galeras y en gratitud vuelve a llover, pero esta vez en lugar de agua «comenzaron a llover tantas piedras sobre don Quijote que no se daba manos a cubrirse con la rodela, y el pobre de Rocinante no hacía más caso de la espuela que si fuera hecho de bronce. Sancho se puso tras su asno, y con él se defendía de la nube y pedrisco que sobre entrambos llovía»
Ahora ya sí dejan el camino y se adentran en mitad de la sierra, donde no dejan de sucederles nuevos encuentros y aventuras. Don Quijote llega a un lugar recóndito y decide quedarse allí haciendo penitencia mientras que encarga a Sancho Panza llevarle una carta a su Dulcinea del Toboso que acababa de escribir allí mismo firmándola con el sobrenombre de El Caballero de la Triste Figura. Sancho, que no da puntá sin hilo, aprovecha que para ir a El Toboso tenía que pasar por su pueblo para que a cambio de sus servicios mandase a su sobrina que le diese tres borricos. Tenemos que recordar que en medio de todo este lío con los galeotes a Sancho le roban su borrico y podía aprovechar este encargo para ir a El Toboso con Rocinante y la vuelta traerse ya un nuevo borrico para su uso. La cédula de pago firmada por don Quijote dice así:
Mandará vuestra merced, por esta primera de pollinos, señora sobrina, dar a Sancho Panza mi escudero tres de los cinco que dejé en casa y están a cargo de vuestra merced. Los cuales tres pollinos se los mando librar y pagar por otros tantos aquí recebidos de contado, que con ésta y con su carta de pago serán bien dados. Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a veinte y dos de agosto deste presente año.
Yahabía pasado lo más caluroso del verano. Comenzaron las primeras aventuras de don Quijote hace alrededor de un mes, «una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de Julio», y durante la canícula han pasado muchas más. No terminan aquí. El cura y el barbero llegan hasta Sierra Morena con la intención de encontrar y convencer a don Quijote de que vuelva a casa. Después de sacarlo de Sierra Morena con engaños y pasar de nuevo por la famosa Venta de La Inés consiguen llevarlo a su pueblo, al final del mes de agosto.
Este artículo lo termino y publico a veinte y dos de agosto deste presente año de 2025 en memoria de Enrique Suárez Figaredo. Hoy te despiden tus familiares y amigos en Barcelona. Gracias por tu amistad, conocimientos y generosidad durante estos nueve años. Descansa en paz amigo.
¡Vale!
Luis Miguel Román Alhambra
