Pilar Rodríguez Jiménez
Profesora de Lengua Castellana y Literatura

… porque si Flaubert dijo en cierta ocasión, «Mme. Bovary c´est moi»,
también podría decirse que Don Quijote y Sancho sont tous nous…
A través de ellos descubrimos la encarnación de todas las actitudes humanas.
Irónicamente, personajes de ficción sobrepasan dicha dimensión y se convierten en entes reales que nos muestran y descubren las grandezas y miserias del hombre en su más auténtica esencia.
Ambos nos invitan a acompañarlos en su peregrinar aventurero, nos alientan y animan a reflexionar, a esbozar una cálida sonrisa, a replantearnos nuestro perfil personal, a abrir nuestra alma a otra magnitud de la existencia y a bucear por los más sórdidos rincones de la vida, enseñándonos y dándonos una lección de grandeza al contender con esa galería de prototipos que desfilan por sus espacios.
Ellos somos nosotros, dibujados con la sutil y sabia pluma de Cervantes, y merecen ser Patrimonio de la Humanidad no solo de manera oficiosa, sino oficial, porque poseen un valor universal que perdurará por los siglos de los siglos.
En el prólogo, el autor se dirige al «desocupado lector» diciéndole que «aunque hubiese querido que mi libro fuese hermoso, gallardo y discreto, su estéril y mal cultivado ingenio solo pude engendrar un hijo avellanado, antojadizo y lleno de disquisiciones. Lo engendré en una cárcel donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación». Qué poca ambición se escondía en este hijo feo y, sin embargo, qué contradicción, al erigirse dicho vástago en el heredero universal de la mayor gloria que un escritor pueda tener.
Al final de ese prólogo, el supuesto amigo incita a Cervantes a escribir de tal manera que «leyendo su historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie ni el prudente deje de alabarla».
Difícil tarea la de Don Quijote y Sancho para encandilar a esta caterva de mundanos, agradando a todos, contentándolos, divirtiéndolos, logrando su aprecio y conquistando sus corazones. Y lo consiguen, paradójicamente, a partir de una locura tan bien trabada que resulta verosímil.
De forma mágica, la Humanidad toma a Don Quijote y a Sancho como patrimonio, porque encarnan unos valores que transmiten valentía, generosidad, sabiduría, honestidad, responsabilidad, etc.
Don Quijote afirma haberse hecho caballero para socorrer a «los menesterosos huérfanos, viudas, doncellas que se encuentren en una situación de desvalimiento» (I, 17). Está convencido de la necesidad que de su actuación tiene el mundo. Él nació para salvarnos. Contrariado con el comportamiento de la sociedad de su tiempo, no le queda más remedio que resucitar a la caballería andante, a pesar suyo, y luchar contra los malvados: […] «estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos» (I, 38), […]«triunfan ahora, por pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo» (II, 20). Y por eso es considerado loco, por mantener una actitud en contra de sus contemporáneos, que no están dispuestos a cambiar sus conductas y seguirle. Y, a pesar de ser un incomprendido, es feliz; se siente a gusto, porque lo importante es el efecto que sobre sí mismo tiene el mantenimiento de sus ideales: […] «después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos […]» (I, 50).
Y cómo olvidarnos de los buenos consejos que también sabe dar Sancho a su señor, siempre desde la moderación y con el temor a Dios, ya que en ello reside la sabiduría: actuar siempre con prudencia, con paciencia, darle tiempo al tiempo que todo lo cura, mantener la calma porque puede dar lugar a nuevas oportunidades, aceptar lo inevitable de la muerte, etc., es decir, la visión de una persona sencilla, humilde, pero llena de sabiduría popular que nos ilustra en todo momento.
¿Habrá mayor espíritu redentor por el cual les tengamos que estar eternamente agradecidos? ¿Acaso no son un modelo de conducta a seguir? ¿No nos presentan un manual de comportamiento ejemplar? ¿No son sus consejos paladines recurrentes para fabricar un mundo más humano? ¿No hurgan en nuestras conciencias para despertarnos de la modorra maligna del affaire diario?
El amor, la libertad, la verdad, la belleza, la desigualdad, el abuso de poder, la fealdad, la apariencia, la injusticia, la falta de caridad, la hipocresía, la liberación de la mujer, etc., quedan expuestos como letreros que se bambolean en cada uno de nosotros. Y son estos dos personajes quienes los ponen al descubierto, uno desde el idealismo y el otro desde el pragmatismo, convirtiéndose en verdaderos psicólogos de una sociedad atemporal y sempiterna.
Todo ello representa una invitación para realizar el bien, en pro de los otros. Una llamada urgente a corregir una sociedad que se desmorona por su propia imperfección—recuérdese la época transitoria entre el s. XVI y XVII en la que vivió Cervantes—, y que, pese a los siglos transcurridos, sigue vigente. Necesitaríamos múltiplos y múltiplos de Quijotes y Sanchos para enderezar las tropelías actuales.
Dos personajes que, pasando tanto tiempo juntos, crean entre ellos una relación de dependencia, unas veces, de enfrentamiento, otras, de influencia mutua, pero con afecto y respeto del uno por el otro. Nos dan una lección de convivencia inigualable. Su relación gana en afabilidad y hondura, y la sensibilidad natural de ambos pasa a prevalecer sobre cualquier interés o deseo. Sancho ensalza a su señor, «no sabe hacer mal a nadie» (II, 13). Don Quijote confirma también las razones de afecto a su compañero, «sencillez de su condición y fidelidad de su trato» (II, 74).
Uno y otro dan una nueva oportunidad a la bondad del mundo. Después de leer la obra, se nos acrecientan las ganas de ser un poco mejores, de desfacer entuertos y salvar damas, bajo el acicate del amor que subyace en las entretelas de Don Quijote.
Y cierro este alegato, como empecé, haciendo alusión a nuestros amigos de ficción que, a fuerza de imaginárnoslos, los hemos dibujado como reales, auténticos, verídicos, sin ponerles ya los adjetivos de imaginarios, ficticios, artificiales o fingidos. Ambos son nuestros referentes, nuestros adalides, nuestros consejeros, y, para todos a los que nos gusta la lectura, nuestros duendes de biblioteca, maestros, ilusionistas y, en definitiva, el espejo donde nos reflejamos; porque Cervantes así lo quiso, así nos lo supo trasmitir y así, de esa manera inigualable, creó una novela sin parangón y unos protagonistas que responden al sentir de la Humanidad.
Vale.
Aditamento de cinco refranes que siempre me acompañan, en honor a mis amigos, Don Quijote y Sancho Panza, acerca de:
El amor:«Que el amor ni mira respetos ni guarda términos de razón en sus discursos (…) y cuando toma entera posesión de un alma lo primero que hace es quitarle el temor y la vergüenza» (II, 58)
La libertad: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieran los cielos, con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la Tierra» (II, 58)
La justicia:«Si acaso doblares la vara de la justicia no sea por el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia» (II, 42)
La buena fama: «Una de las cosas que más deben dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije, con buen nombre, porque siendo al contrario ninguna muerte se le igualaría» (II, 3)
Los débiles: «Si da el al cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro» (II, 43)
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