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Un artículo de VICENTE PANIAGUA LOGROÑO
(Ex jugador de baloncesto del Real Madrid y de la Selección Española. Hijo Predilecto de Alcázar de San Juan)
No sé muy bien por qué, pero siempre que hablo de mi pueblo, Alcázar de San Juan, acabo pensando en Don Quijote y Sancho Panza. Será porque ahí empezó todo. Era el año 1962 y yo era solo un chaval. Teníamos un profesor de literatura que estaba un poco loco —en el buen sentido— y un día apareció en clase disfrazado de Don Quijote. Sin avisar ni nada. Se puso en medio de todos y soltó: “En un lugar de La Mancha…” A mí me dejó clavado en el sitio.
Fue la primera vez que escuché de verdad ese libro. No solo lo oí, lo sentí. Me metí de lleno en esa historia rara y mágica donde un caballero peleaba contra gigantes que en realidad eran molinos. Era absurdo, sí, pero me hizo soñar. Me reí con las salidas de Sancho, tan de pueblo, tan reales. Y me emocioné con Don Quijote, con su forma de defender a los demás, aunque nadie se lo pidiera. Ahí me di cuenta de que los libros tienen ese poder: te llevan lejos sin moverte. Te hacen volar.
Mi camino después fue otro. Me dediqué al baloncesto profesional. Jugué con el Real Madrid, representé a España, viajé por todo el mundo. Pero, aunque estuviera lejos, el Quijote siempre iba conmigo. En la mochila, entre camisetas y zapatillas, siempre llevaba un ejemplar. Lo leía en las concentraciones, entre partidos, en los hoteles. Hasta lo comentábamos en equipo. Sí, en serio.
Conocer culturas distintas me enseñó muchas cosas. Me ayudó a entender lo valioso que es tener a alguien al lado, como Sancho a Don Quijote. Alguien que te apoye, aunque a veces no te entienda. Que discuta contigo, pero no se vaya. Esa clase de lealtad es de las que valen oro.
En los entrenamientos duros, en esos días en los que el cuerpo no podía más, pensaba en ellos. En cómo nunca se rendían. Aunque no tuvieran razón. Aunque se estrellaran. Porque creían en algo. Y eso me daba fuerzas.
Una vez, en un torneo internacional, todo pintaba mal. Pero como equipo, empujamos juntos. Y lo sacamos adelante. Como esos dos locos entrañables que, contra todo pronóstico, seguían adelante.
Hoy, con los años encima y las botas colgadas, cuando paso por la plaza del pueblo y veo las estatuas de Don Quijote y Sancho Panza sobre sus propias cabalgaduras, me quedo un rato mirándola. Me los imagino vivos, moviéndose, soñando.
Por todo esto, considero que es de justicia que, la UNESCO los declare Patrimonio Inmaterial Cultural de la Humanidad. No por nostalgia, sino porque lo merecen. Porque siguen vivos en nosotros. En todos los ciudadanos del mundo. Porque inspiran, enseñan, nos recuerdan lo que es ser humano.
A mí me enseñaron que la imaginación es poderosa, que la amistad lo puede todo, y que nunca hay que dejar de creer. Aunque te llamen loco. Aunque el mundo no entienda tus batallas.
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