
LO QUE CERVANTES DESCOSIÓ EN EL PRIMER QUIJOTE
En la primera parte del Quijote hay un lugar donde se desarrollan gran parte de sus capítulos, siendo, además, un punto de referencia geográfica para situar las andanzas de don Quijote y Sancho por Sierra Morena. Se trata de una venta, a la que nuevamente don Quijote toma como castillo. Esta venta se recuerda, incluso por quienes no han leído la novela, por ser donde Sancho es manteado.
En La venta cervantina de Sierra Morena y el lugar de don Quijote (2012) doy nombre a esta venta situada al final del Real Valle de Alcudia, en la entrada de Sierra Morena: La Venta de la Inés, conocida en tiempo de Cervantes como Venta del Alcalde.
Una venta, en el camino real de Toledo a Sevilla, en la que Cervantes estuvo, sin duda alguna, durante el tiempo que ejerció su oficio de comisario de abastos para la Armada, entre 1587 y 1601. El proveedor general Antonio de Guevara, de quien dependía, tenía su residencia en Sevilla. Desde allí partía a los lugares encomendados con una comisión real y una vara de justicia en la mano, con los requerimientos de expropiar principalmente cereal y aceite a los enfurecidos alcaldes, curas y vecinos que veían como una buen aparte de sus cosechas eran cargadas en carretas con destino a los almacenes de la Armada en Sevilla, a cambio de librarles recibos de cobro, que bien sabían que los harían efectivos más tarde que temprano.
En sus idas y venidas entre Madrid y Esquivias a Sevilla, en esta venta encontró aposento y comida, como también para la mula de alquiler que le habría tocado en suerte en cada viaje. No en vano, era una de las mejores del camino donde una persona de su cargo podía medio alojarse con cierta comodidad. En las Relaciones Topográficas de Almodóvar del Campo contestaban en 1575 que «la venta del Alcalde que es de los hijos y herederos de Esteban Sánchez, difunto, y vale mil y quinientos ducados porque renta más de cuarenta mil maravedís y hay correo de postas».
A ella llegan don Quijote y Sancho Panza, en la segunda salida de hidalgo manchego. Salen de su pueblo en mitad de la noche para no ser vistos, evitando los más que seguros impedimentos de sus familias a esta aventura. Al amanecer, don Quijote ve unos descomunales gigantes, que amenazantes aparecían sobre las crestas de unos cerros. Sin temor a los más de treinta que eran, entra en batalla con uno de ellos y es derrotado, cayendo al suelo junto a Rocinante. Terminada la tan famosa batalla contra los molinos de viento, que eso es lo que en realidad eran esos gigantes, don Quijote toma la decisión de dirigirse desde allí hacia Puerto Lápice, «porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero». Paraje donde, además de una venta, existían varias casas y quinterías de labradores.
Aquí termina el primer día de aventuras
Pasan la noche entre unos árboles junto al camino. Mientras Sancho duerme don, Quijote rehace su lanza con una rama seca de uno de ellos. Al amanecer siguen el camino a Puerto Lápice y lo divisan «a obra de las tres del día». Entrando en él se encuentran en el camino con dos frailes de San Benito y un coche de caballos con una señora vizcaína y sus sirvientes, que iban juntos a Sevilla.

En este encuentro, don Quijote vence en su disputa con uno de los sirvientes de la señora vizcaína, aunque con una oreja maltrecha y Sancho «tendido en el suelo sin aliento ni sentido» por los golpes de los mozos de mulas de los frailes.
Pasan el resto del día caminando por medio de un bosque y comen lo poco que Sancho llevaba en sus alforjas «una cebolla y un poco de queso y no sé cuántos mendrugos de pan», hasta que se les hizo de noche. Al ver unas chozas de cabreros deciden pasar la noche con ellos.

Son bien acogidos por estos que, además de compartir su comida y curar la maltrecha oreja de don Quijote con remedios propios de la sabiduría pastoril, les cuentan la historia del pastor Grisóstomo, muerto por los amores no correspondidos de la hermosa pastora Marcela, y cuyo entierro se iba a celebrar al día siguiente.
Aquí termina el segundo día de aventuras
Después de asistir a tan sentido sepelio, al que también acudió la pastora Marcela, don Quijote y Sancho se dirigen hacia unas sierras con la intención de despojarlas de «ladrones malandrines», de las que según don Quijote, estas estaban llenas. Estas sierras forman la cordillera de Sierra Morena, frontera natural entre el Reino de Toledo y Andalucía.
Paran a descansar y a comer lo poco que en las alforjas todavía llevaba Sancho Panza. Mientras, el bueno de Rocinante trata de «comunicar su necesidad»con las yeguas de unos arrieros que por allí también estaban descansando.

Las yeguas tenían más ganas de comer que de otra cosa y ante la insistencia de Rocinante este fue recibido con coces y mordiscos. Peor paradas quedaron las costillas de don Quijote y Sancho al ir a defenderlo, por la gran cantidad de palos que les dieron los arrieros yangüeses. Siguieron su camino como pudieron hasta que vieron al final del día la venta.
Aquí termina el tercer día de aventuras
Después de pasar en la venta la noche, no sin sobresaltos y más golpes, siguen su camino por mitad de Sierra Morena. Allí tienen varias aventuras junto al camino real a Sevilla: la de los rebaños de ovejas, el cuerpo muerto, el batán, el famoso yelmo de Mambrino y la liberación de los galeotes. Desde este punto del camino, se adentran por mitad de la sierra donde se encuentran con la mula muerta de Cardenio, con este y un pastor hasta que llegan al lugar donde don Quijote decide hacer su penitencia.
Localizado por sus amigos, el cura y el barbero de su pueblo, regresan todos de nuevo a la venta, también en compañía de Cardenio y Dorotea, donde después de varios encuentros y desencuentros entre más personajes que a la venta llegan, el cura y el barbero deciden como volver a casa con don Quijote «y procurar la cura de su locura en su tierra».
El narrador describe precisamente este viaje de regreso a casa desde esta famosa Venta de la Inés:
Y lo que ordenaron fue que se concertaron con un carretero de bueyes que acaso acertó a pasar por allí, para que lo llevase en esta forma: hicieron una como jaula de palos enrejados, capaz que pudiese en ella caber holgadamente don Quijote, y luego don Fernando y sus camaradas, con los criados de don Luis y los cuadrilleros, juntamente con el ventero, todos por orden y parecer del cura, se cubrieron los rostros y se disfrazaron, quién de una manera y quién de otra, de modo que a don Quijote le pareciese ser otra gente de la que en aquel castillo había visto. (Q1, 46)

Meten a don Quijote atado de pies y manos en aquella jaula encima del carro. Después de las despedidas y parabienes de todos los que allí estaban, arranca esta comitiva compuesta por la carreta de bueyes guiados por su dueño, el cura y el barbero sobre sus mulas, y Sancho Panza en su borrico llevando de las riendas a Rocinante. Como escoltas, el cura había concertado que los cuadrilleros de la Santa Hermandad les acompañasen hasta su pueblo. El paso, lógicamente, lo marcaban «el paso tardo de los bueyes».
A unas tres leguas de la venta paran a comer. Con ellos comen un canónigo de Toledo y sus acompañantes que les habían alcanzado en el camino, y un cabrero que se acerca a ellos persiguiendo a una cabra. Liberado don Quijote de su cárcel para hacer sus necesidades y comer, de nuevo más y más golpes, ahora este cabrero. En fin, don Quijote y el cabrero terminan con la cara ensangrentada por los golpes mutuos, quedando en paz al escuchar que se acercaba una procesión de rogativas para que lloviese. De nuevo malos entendidos y más golpes que dan con don Quijote en el suelo mal parado. Cansado, pide a Sancho le vuelva a meter en el carro y todos se despidieron quedando tan solo el cura, el barbero y Sancho con el carro de bueyes y el boyero en dirección a casa:
El boyero unció sus bueyes y acomodó a don Quijote sobre un haz de heno y con su acostumbrada flema siguió el camino que el cura quiso, y a cabo de seis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad del día, que acertó a ser domingo y la gente estaba toda en la plaza, por mitad de la cual atravesó el carro de don Quijote. (Q1, 52)
Desde que salen de su casa, don Quijote y Sancho tardan tres días en llegar a la venta y en su regreso seis, cinco y medio si consideramos que llegan «en la mitad del día».
Es evidente que el paso, la velocidad de marcha, de esta comitiva lo marca el paso tardo de los bueyes que tiran de la carreta donde va enjaulado don Quijote. En Historia de los caminos de España, de José I. Uriol, encontramos descrito como era el transporte de mercancías en carretas tiradas por bueyes, y sus privilegios de paso y pasto: «Sobre las carreterías sabemos que, además de efectuar transportes privados, prestaban ordinariamente servicios de carácter público,…; que la velocidad de marcha de estas cuadrillas era del orden de unas tres a cuatro leguas al día» Este paso lento, es muy similar al paso de Rocinante, que andaba media legua a la hora, la mitad de un caballo normal. Si bien, las mulas del cura y el barbero tuvieron que acortar su paso, Rocinante iba cómodo al paso de los bueyes. Por tanto, este paso tardo de los bueyes no justifica esta diferencia de tiempo en realizar aproximadamente el mismo recorrido.
Muchos autores han escrito miles de páginas, y lo siguen haciendo, sobre el “olvido”, en la primera edición de la primera parte del Quijote, del robo del borrico de Sancho Panza en Sierra Morena. Olvido del autor o descuido del impresor, como diez años después Cervantes hace puntualizar a Sancho sobre este suceso: «…que el historiador se engañó, o ya sería descuido del impresor» (Q2, 4). Los primeros lectores de esta primera edición, sin duda alguna, advirtieron este descuido, de uno o del otro, de forma tan sonora en los círculos o mentideros de la Villa, que en la segunda edición de esta primera parte, también impresa en el taller de Juan de la Cuesta, se intercalan en el texto tanto la versión del robo como la de la recuperación del borrico (Q1, 23 y 30) Pero si se ha escrito tanto de este olvido, no se ha hecho, ni los primeros lectores ni los críticos cervantistas, sobre esta diferencia tan importante de tiempo de viaje de los protagonistas por un mismo espacio real tan concreto.
¿Está justificado este tiempo para un lector de la primera parte del Quijote porque la vuelta es al paso lento de los bueyes? A esta primera pregunta, sí puede ser que para el lector de principios del siglo XVII el regreso de don Quijote en carro tirado por bueyes justificase en su mapa mental la diferencia tan importante de tiempo. Más cuando, poco antes de iniciar este regreso, don Fernando quiere que Dorotea termine su actuación como princesa Micomicona de ir hasta el lugar de don Quijote, y Cervantes precisa el tiempo que a caballo se tardaría en llegar, y por tanto para cualquier viajero la distancia que separa la venta y su pueblo:
Ofreciose Cardenio de proseguir lo comenzado, y que Luscinda haría y representaría la persona de Dorotea.
—No —dijo don Fernando—; no ha de ser así, que yo quiero que Dorotea prosiga su invención, que como no sea muy lejos de aquí el lugar deste buen caballero, yo holgaré de que se procure su remedio.
—No está más de dos jornadas de aquí —dijo el cura.
—Pues aunque estuviera más, gustara yo de caminallas a trueco de hacer tan buena obra. (Q1, 37)
Cervantes desde el inicio del Quijote ya nos describe las condiciones de Rocinante, como la de un caballo de la misma triste figura que su amo, aquejado de la enfermedad de los “cuartos” en sus pezuñas, que casi lo invalidaban para el paso. El mismo ventero, antes de oficiar el nombramiento de caballero en el patio de la venta, lo tasa como «ni aún la mitad» que cualquier caballo normal, condición por la que don Quijote justifica poco después de su caída ante los mercaderes toledanos: «¡No fuyáis, gente cobarde! ¡Gente cautiva, atended; que no es por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido» (Q1, 4). Según el narrador «Lo que parecía un triunfo fácil sobre aquellos mercaderes toledanos, por un simple tropiezo de Rocinante se torna en derrota con el molimiento de las costillas de don Quijote», no es hasta la segunda parte, publicada diez años después, cuando Cervantes cuantifica precisamente el paso o trote de Rocinante como la mitad que un caballo. ¿Le habrían llegado quejas del error de bulto entre la ida y la vuelta?
Para Sancho, su borrico «vale dos veces más que el caballo de mi amo» (Q2, 13). Y para que no quedase duda, en la batalla contra Sansón Carrasco, disfrazado del Caballero de la Blanca Luna, la distancia que separa a ambos antes de iniciar la justa, dos partes la recorre el caballo de Sansón Carrasco y una Rocinante, justo la mitad, cuando el simple encontronazo entre los caballos, tiró por la arena de la playa a Rocinante y a don Quijote:
…volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos; y como era más ligero el de la Blanca Luna, llegó a don Quijote a dos tercios andados de la carrera, y allí le encontró con tan poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza ―que la levantó, al parecer, de propósito―, que dio con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa caída. (Q2, 64)
Un ingenioso recurso creativo de Cervantes que, además de dar una imagen de caballero y caballo similar, ralentiza el tempo del cuento y posibilita que no solo las aventuras se produzcan de frente en los caminos, sino que otros protagonistas alcancen con sus caballerías al bueno de Rocinante. Por ejemplo, el Caballero del Verde Gabán les alcanza en el camino: «En estas mismas razones estaban cuando los alcanzó un hombre que detrás dellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla» (Q2,16), o en el camino a la Cueva de Montesinos, don Quijote y Sancho, son alcanzados por dos estudiantes y dos labradores «que sobre cuatro bestias asnales venían» (Q2, 19).
Vemos, por tanto, que el paso de Rocinante era muy similar al de los bueyes, lo que no justifica la diferencia de tiempo entre el viaje de ida y el de vuelta.
¿Estamos en otro lapsus de Cervantes, para unos o descuido del impresor para otros, como en el robo del borrico de Sancho, aunque no tan llamativo al simple lector ni al cervantista más crítico?
Cervantes es un experimentado viajero por obligación, más que de por devoción, de sus funciones de comisario y otros encargos más o menos conocidos. Conoce perfectamente este Camino de Toledo a Sevilla, tan importante y transitado en la época, como también los que comunicaban lugares del reino de Toledo y Andalucía, posiblemente también por negocios particulares o familiares. Si en el Quijote hay una parte anotada precisamente en los espacios y tiempos que separan algunos puntos o referencias geográficas, es en esta segunda salida de su casa del hidalgo manchego:
1. Distancia entre el lugar del encuentro con los yangüeses y la famosa venta de Sierra Morena: «Y la suerte, que sus cosas de bien en mejor iba guiando, aún no hubo andado una pequeña legua cuando le deparó el camino, en el cual descubrió una venta, que a pesar suyo y gusto de don Quijote había de ser castillo.» (Q1, 15).
2. Distancia a caballo entre la venta y el lugar de don Quijote: «No está más de dos jornadas de aquí —dijo el cura». A unas diez o doce leguas por día a caballo, en verano y en llano como acontece en esta salida de don Quijote, la venta no estaría a más de 20-24 leguas del lugar de don Quijote. Esta forma de cuantificar un espacio a través del tiempo que se tarda en recorrerlo, todavía hoy lo hacemos: “tardo en llegar a mi trabajo veinte minutos andando”. En nuestro mapa mental somos capaces, casi inconscientemente, de calcular que el trabajo está a unos 1-2 kilómetros.
3. Don Quijote tarda en llegar desde la venta a su pueblo seis días sobre un carro tirado con bueyes:
El boyero unció sus bueyes y acomodó a don Quijote sobre un haz de heno y con su acostumbrada flema siguió el camino que el cura quiso, y a cabo de seis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad del día, que acertó a ser domingo y la gente estaba toda en la plaza, por mitad de la cual atravesó el carro de don Quijote. (Q1, 52)
Al paso tardo de los bueyes, a 3-4 leguas por día, el lugar de don Quijote se encuentra entre 18-24 leguas de la Venta de la Inés. Como podemos apreciar esta distancia coincide con la calculada por el cura «No está más de dos jornadas de aquí» a caballo, unas 20-24 leguas.
4. Distancia de dos leguas por el camino de Toledo a Sevilla entre la venta y la entrada a la sierra hacia el lugar de la penitencia, «que estaría hasta dos leguas de allí» (Q1, 29). Este es el mismo punto donde se encontraron con la cadena de galeotes. Una vez que han convencido a don Quijote de volver a su casa, con el cuento de acompañar a la princesa Micomicona, don Quijote, Sancho, Dorotea, cura, barbero y Cardenio, ya en este punto del camino inician el camino hacia la venta «que estaría hasta dos leguas de allí».
5. Distancia de tres cuartos de legua entre este punto en el camino de Toledo a Sevilla y la zona de la penitencia. Después de la liberación de los galeotes, por más miedo a la Santa Hermandad que otra cosa, don Quijote y Sancho dejan el camino y se adentran por mitad de la sierra hasta el lugar donde don Quijote decide quedarse a hacer penitencia. Por este mismo punto sale Sancho con intención de ir a El Toboso. Una vez que llega a la venta y es reconocido por el cura y el barbero vuelve con ellos en busca de don Quijote: «Tres cuartos de legua habrían andado, cuando descubrieron a don Quijote entre unas intrincadas peñas…» (Q1, 24)

6. Ocho leguas es la distancia que separa el punto del encuentro de don Quijote, Cardenio El Roto y Almodóvar del Campo. Abandonado el camino, después del encuentro con lo galeotes, y antes de llegar al lugar de la penitencia, don Quijote y Sancho se encuentran con una mula muerta que pertenece a Cardenio que andaba por aquel entorno tratando de sobrevivir de lo que quitaba a los cabreros. Uno de ellos, en conversación con don Quijote y Sancho, les cuenta cómo querían ayudar a Cardenio de su extraña enfermedad:
—Y en verdad os digo, señores —prosiguió el cabrero—, que ayer determinamos yo y cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos míos, de buscarle hasta tanto que le hallemos, y después de hallado, ya por fuerza, ya por grado, le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho leguas, y allí le curaremos, si es que su mal tiene cura… (Q1, 23)
Este encuentro con Cardenio y el viejo cabrero se produce a una media legua del camino real de Toledo a Sevilla, en mitad de la sierra, poco antes del lugar de la penitencia. Sigamos el itinerario que en el Reportorio de todos los caminos de España de Juan de Villuga, publicado en 1546. En el itinerario entre León y Sevilla, pasando por Toledo.

De Almodóvar del Campo a la Venta de Tartanedo, hay dos leguas, de Tartanedo a la Venta del Molinillo otras dos leguas, de la Venta del Molinillo a la Venta del Alcalde solo media legua. En total, desde Almodóvar y esta Venta del Alcalde o de La Inés hay cuatro leguas y media.
Desde la Venta de la Inés al punto donde don Quijote y Sancho dejan el camino para adentrarse por medio de la sierra hay dos leguas, y una media legua más hasta que se encuentran con Cardenio y el cabrero. En total, obtenemos una distancia de siete leguas entre este punto y Almodóvar del Campo, una menos de las ocho que nos describe el cabrero.
Esta guía de caminos, como la editada por Alonso de Meneses en 1576, tiene errores o contradicciones entre algunos de sus itinerarios. Por ejemplo, en el itinerario de Toledo a Córdoba, una parte del mismo camino, Villuga omite la Venta de Tartanedo y anota solo tres leguas y media entre Almodóvar y la Venta del Alcalde, cuando con un simple vistazo en un mapa esta distancia es mucho mayor.
Con la intención de volver a estar con Felipe Ferreiro, el propietario de la Venta de La Inés, recorrí en 2016 parte del camino de Toledo a Sevilla, precisamente entre Almodóvar del Campo y esta venta, para después seguir el camino hasta el lugar de la penitencia de don Quijote, que dio lugar a mi ensayo Las aventuras de don Quijote en Sierra Morena. El camino se puede seguir no sin cierta dificultad en algunos tramos. Muy distinto a cuando Cervantes transitaba por él, uno de los mejores y principales caminos de rueda de la península. No en vano era el camino por el que funcionarios y viajeros tenían que transitar desde la Corte para embarcarse en Sevilla hacia el Nuevo Mundo, o a su regreso, como mucha de la mercancía que llegaba tras cruzar el Atlántico.
Inicié mi camino desde la Plaza Mayor de Almodóvar del Campo. A unos 15,5 km llego a un pequeño núcleo urbano conocido como Estación de Veredas-Brazatortas, creado alrededor de la antigua estación ferroviaria de Veredas, en la línea de Ciudad Real-Badajoz. A las afueras, junto a las casas edificadas entre finales del siglo XIX y el XX, se distingue las ruinas de lo que en tiempo de Cervantes fue la Venta de Tartanedo.
Sigo la vieja traza del camino, y, a 30,4 km de Almodóvar del Campo, casi terminando de atravesar el Real Valle de Alcudia paso junto a una casa de labor, conocida hoy como de la Divina Pastora, contruida sobre los cimientos de la antigua Venta del Molinillo. Desde aquí, casi se podría ver la Venta del Alcalde si no fuera porque lo impide la línea ferroviaria del AVE Madrid-Sevilla.

Descontando el pequeño rodeo que hay que hacer para cruzar las vías del ferrocarril por un paso inferior llego a las mismas puertas de la Venta de la Inés, donde me esperaba Felipe, con el que, de nuevo, volví a quedarme encantado de su memoria y fina ironía manchega. Había recorrido 33 km desde que salí de la plaza de Almodóvar del Campo por el Camino de Toledo a Sevilla.
Hago cuentas y estoy a cinco leguas y media de camino de Almodóvar del Campo. Sumo las dos leguas anotadas por Cervantes, desde la venta hasta el punto donde don Quijote se adentró en la sierra, y una media legua más, hasta donde se encontró con el cabrero, y resultan ocho leguas, las mismas a las que refería el cabrero que habían de allí a Almodóvar.
No cabe duda de que, tanto Almodóvar del Campo como la venta y el punto de reunión del cabrero, son espacios reales que Cervantes conoce bien y los utiliza como recurso narrativo para dar verisimilitud a su cuento en esta parte de Sierra Morena.
7. Más de treinta leguas separa el lugar de la penitencia y El Toboso. Don Quijote una vez elegido el lugar de su penitencia encarga a Sancho Panza que lleve una carta a Dulcinea, a El Toboso. Sancho aprovecha para que, en el mismo librito de notas, escriba una nota a su sobrina para que le entregue tres de los borricos que tenía don Quijote en su cuadra. Sancho, al que le había robado su borrico uno de los galeotes tiene que hacer el viaje hasta El Toboso con Rocinante, y aprovechando que tiene que pasar por su pueblo podría hacerse de nuevo con un nuevo borrico. Esto decía la cédula: «Mandará vuestra merced, por esta primera de pollinos, señora sobrina, dar a Sancho Panza mi escudero tres de los cinco que dejé en casa y están a cargo de vuestra merced» (Q1, 25)
Sancho se pone en camino y cuando pasa por la venta, en la que le habían manteado, es reconocido por el cura y el barbero, que los estaban buscando, y le convencen para regresar a por don Quijote. Ya de vuelta a la venta, de nuevo, junto a Dorotea, el cura, el barbero y Cardenio, don Quijote le dice a Sancho: «¿Sabes de qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y veniste por los aires, pues poco más de tres días has tardado en ir y venir desde aquí al Toboso, «habiendo de aquí allá más de treinta leguas» (Q1, 31)
Hago el cálculo de la distancia real del camino que habría tenido que hacer Sancho para llegar a El Toboso. Anoto las distancias en leguas de camino y km reales, entre los distintos puntos o lugares de paso:
-Desde el lugar de la penitencia en Sierra Morena, en mitad de la Sierra de La Garganta, y el Camino de Toledo a Sevilla «tres cuartos de legua» (4,5 km)
-Desde este punto del camino real hasta la Venta de la Inés «que estaría hasta dos leguas de allí» (12 kilómetros)
-Venta del Alcalde-Almodóvar del Campo: cinco leguas y media (33 km)
-Almodóvar del Campo-Caracuel: tres leguas (20,7 km). En las Relaciones de Almodóvar «… que es una villa pequeña de esta jurisdicción a tres leguas, que hoy se llama Caracuel»
-Caracuel-Ciudad Real: tres leguas (20,8 km). En el Reportorio de Villuga y Meneses «III leguas».
-Ciudad Real-Villarrubia de los Ojos: seis leguas (34,2 km). En las Relaciones de Villarrubia «… que yendo por el camino derecho desde esta villa a Ciudad Real hay seis leguas»
-Villarrubia de los Ojos-Herencia: cuatro leguas (28,8 km). En las Relaciones de Herencia «…al poniente de esta villa está un pueblo que se dice Villarrubia, cuatro leguas de esta villa de las ordinarias»
-Herencia-Alcázar de San Juan: dos leguas (13,3 km). En las Relaciones de Herencia «… que desde esta villa está hacia la parte donde sale el sol la villa de Alcázar dos leguas ordinarias camino derecho»
-Alcázar de san Juan- El Toboso: 4 leguas (24,1 km)

En total 30 leguas y cuarto de camino, y por kilómetros reales 191,4 km, casi treinta y dos leguas de camino separa el lugar de la penitencia de El Toboso. Es increíblemente preciso don Quijote en anotar: «habiendo de aquí allá más de treinta leguas». Cervantes, para precisar tanto esta distancia, debió de haberla recorrido más de una vez en su vida al paso de su mula.
Solo queda aquí hacer una última comprobación final. Desde la venta a Alcázar de San Juan, el lugar de don Quijote, hay 23,5 leguas de camino, cálculo que coincide precisamente con las anotaciones anteriores: «Al paso tardo de los bueyes, a 3-4 leguas por día, el lugar de don Quijote se encuentra entre 18-24 leguas de la Venta de la Inés. Esta distancia coincide con la calculada por el cura «No está más de dos jornadas de aquí» a caballo, unas 20-24 leguas»
Es ahora evidente que Cervantes conoce estos parajes y lugares, y las distancias que los separan precisamente, no solo los caminos que venían reflejados en las guías de caminos de su época sino también otros menos importantes en esta parte de la Mancha.
Si esto es así, ¿cómo es posible que en la novela don Quijote tardase tres días en llegar a la venta desde su casa y seis en regresar, cuando el paso de Rocinante como el de los bueyes y el espacio recorrido son similares?
Algo no se ajusta al cuento. Geográficamente hay un salto evidente entre el final de la aventura con el vizcaíno, en Puerto Lápice, y la zona, ya cercana a los inicios de Sierra Morena donde pasan esa noche con unos cabreros, antes del entierro de Grisóstomo. Después del entierro tratan de seguir a la pastora Marcela encontrándose con los yangüeses, llegando al final del día a la venta. Entre el final de la aventura de Puerto Lápice y el encuentro con los pastores hay tres días que han desaparecido del cuento.
Ahora surgen unas nuevas consideraciones y preguntas. Si es evidente que hay un salto de espacio y tiempo de tres días en esta primera parte del Quijote ¿se quedaron en algún cajón del escritorio de Cervantes aguardando mejor ocasión las aventuras que ocurrieron en ellos?, si es así ¿qué le motivo para hacerlo?
Antes de ver la luz esta primera parte del Quijote, a mediados del mes de enero de 1605, Cervantes tuvo que tener varias entrevistas durante el año 1604 con el librero Francisco de Robles, que sin duda estaba muy interesado en comprarle el manuscrito, hasta llegar a un acuerdo de cesión de sus derechos de autor por un determinado dinero.
Cervantes solicita al Consejo de Castilla el privilegio de impresión de «un libro intitulado El Ingenioso hidalgo de la Mancha» por veinte años. No conocemos la fecha de esta solicitud porque el documento no está fechado. En el expediente de la solicitud guardado en el AHN sí aparece el informe favorable del cronista real Antonio de Herrera fechado en Valladolid el once de septiembre. Este privilegio es concedido finalmente el veintiséis de septiembre de 1604 pero solo para diez años. Por el tiempo que se tardaba en imprimir un libro a principios del siglo XVII, es muy posible que el librero Robles encargase al impresor Cuesta imprimirlo a falta del primer pliego, con sus cuatro folios, en el que debía añadirse el Testimonio de erratas, firmado el «primero de Diciembre, de 1604» por el licenciado Francisco Murcia, y la Tassa, en la que quedaba fijado el precio de venta en «doscientos y noventa maravedís y medio», firmada en Valladolid «a veinte días del mes de Diciembre, de mil y seiscientos y cuatro años». Una vez compuestas las ocho planas de este pliego con la portada, la tasa, el testimonio de erratas y el privilegio el libro, sin encuadernar, salió por fin a la venta.
El licenciado Francisco Murcia debió cotejar durante el mes de noviembre el manuscrito y una copia ya impresa, o al menos eso debió de haber hecho, para afirmar que «Este libro no tiene cosa digna que no corresponda a su original», por lo que el famoso episodio del robo del burro ya estaba así impreso y, según este licenciado, fielmente copiado del manuscrito de Cervantes.
El escribano Juan Gallo de Andrada, en sus funciones de tasador, certifica y da fe que El ingenioso Hidalgo de la Mancha «tiene ochenta y tres pliegos», los que corresponden exactamente a la primera edición princeps de la novela. Por tanto, la decisión de Cervantes de dejarnos sin tres días de las aventuras de don Quijote y Sancho ya la había tomado con antelación. Nunca sabremos el motivo.
Mi opinión, como simple lector desocupado, del motivo que le llevó a Cervantes, o al librero Robles, para dejarnos sin tres días de aventuras, entre Puerto Lápice y la venta de Sierra Morena, fue el precio final del libro que tendría que pagar un lector en la librería madrileña del librero, esos «doscientos y noventa maravedís y medio», relacionados directamente con el número de pliegos que lo componían. Esto o que el librero no quiso rascarse más el bolsillo y pagarle a Cervantes unos pocos maravedís más por unos cuantos pliegos de más, por lo que el autor los quitó del manuscrito.
Y argumento mi opinión. Esta primera parte del Quijote contiene un cuento en el que desaparecen nuestros protagonistas: la Novela del Curioso impertinente. Este texto aparece intercalado cuando llegan a la venta «la cuadrilla de don Quijote»: don Quijote y Sancho, con el cura, el barbero, Dorotea y Cardenio. Don Quijote se retira a descansar al camaranchón porque venía muy cansado. El resto, después de comer, junto con el ventero, su mujer, su hija y Maritornes, hablan entre ellos sobre el mal de don Quijote y que, según el cura, fue la lectura de los muchos libros de caballerías que disponía nuestro hidalgo, la causante de su falta de juicio. El ventero muestra su desacuerdo con el cura, pues él mismo tiene dos o tres en una maleta que un viajero olvidó y que se leen en su venta por quienes pasan por allí. Entre críticas de uno y justificaciones del otro sobre los libros de caballerías y más precisamente por estos tres que contenía la maleta, el cura observa que además en la misteriosa maleta había unos papeles manuscritos con el título Novela del Curioso impertinente. El cura a petición de los demás accede a leerla en voz alta.
Esta novela de corte romántica italiana, muy del gusto del tiempo de Cervantes, se intercala en los capítulos 33 al 35 íntegros, en ocho pliegos de los ochenta y tres que componen esta primera parte del Quijote. Terminada la lectura del Curioso comienza el capítulo 36, «Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta le sucedieron», apareciendo Sancho alborotado de ver a don Quijote dar cuchilladas a unos cueros de vino.
Cervantes cose hábilmente esta novelita en medio de la siesta que se había tomado don Quijote, mientras los demás comen y conversan sobre los libros de caballerías. Tengo que confesar que cuando vuelvo a releer esta primera parte del Qujote me salto estos tres capítulos, buscando de nuevo a don Quijote y a Sancho. Y parece que a los primeros lectores de 1605 también les llegó a suceder lo mismo que a mí, cuando Cervantes hace decir a Sansón Carrasco, al principio de la segunda parte del Quijote, que: «Una de las tachas que ponen a la tal historia —dijo el bachiller— es que su autor puso en ella una novela intitulada El Curioso Impertinente, no por mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced del señor don Quijote» (Q2, 4)
¿Fue idea de Cervantes o del libreo intercalar esta novela, que impresa suelta no tendría venta y ni beneficios? ¿Pasó lo mismo con la historia del capitán cautivo y la del oidor, su hermano, que llega justo a la venta al acabar la lectura del Curioso? De nuevo, el mismo Cervantes reconoce haber utilizado este recurso o reciclaje de obras suyas en el primer Quijote cuando dice el narrador: «…y que por huir deste inconveniente había usado en la primera parte del artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso Impertinente y la del Capitán cautivo, que están como separadas de la historia…» (Q2, 44)
Más y más preguntas me surgen al no disponer del manuscrito original del Quijote, donde estarían estos tres días y sus aventuras en el camino de Puerto Lápice a Almodóvar del Campo, que tanto echo en falta, quizás, ¡por unos veinticinco maravedís y medio!
Luis Miguel Román Alhambra