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EDUARDO ALONSO FRANCH, Sociedad Cervantina de Alcázar
La capital vallisoletana
La primera estancia de Cervantes en Valladolid se remonta a su niñez, ya que tenía poco más de tres años cuando llegó a la ciudad con su familia. Aunque es dudoso que conservara recuerdos precisos de los meses que pasó allí entre abril de 1551 y abril de 1533, Cervantes tuvo que esperar medio siglo para volver a orillas del Pisuerga. En enero de 1601, Valladolid se había convertido en sede de la Corte. Cervantes fue a establecerse con los suyos en un suburbio y alquiló un alojamiento en una casa de dos pisos recién edificada y próxima al Rastro de los Carneros. Al parecer, fue en Valladolid donde se vendieron, poco antes de la Nochebuena de 1604, los primeros ejemplares del Quijote.
Al menos tres de las Novelas ejemplares sitúan parte de la acción a orillas del Pisuerga: El licenciado Vidriera, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros. La humedad de Valladolid era objeto de la sátira de los poetas en un momento en que se iban agudizando las disputas entre Madrid y Valladolid. En El casamiento engañoso y El coloquio de los perros, Valladolid viene a ser su lugar inicial y conclusivo[1].
En 1601, Lerma consiguió alejar a Felipe III de la influencia de su abuela y acercarlo a sus tierras. En el verano de 1599, una pestilencia mortífera llegaba inclemente a la ciudad; de junio a septiembre las pérdidas humanas se elevan a unas 6.000 personas. Seis años más tarde, en el verano de 1605, están en la ciudad muchos grandes del reino y los literatos más celebrados de Castilla: el joven Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, Lope de Vega y Miguel de Cervantes.
La ciudad está abierta al mundo: acoge a los embajadores de todas las naciones importantes. En 1603 pasó por Valladolid Rubens, que retrató al duque de Lerma. Por si fuera poco, acaba de llegar al mundo el futuro Felipe IV. Desde 1601, y después de cuarenta años de ausencia, la Corte había vuelto a Valladolid. Felipe III hizo su entrada solemne en la ciudad el 9 de febrero. Había llamado mucho la atención el hecho de que el duque de Lerma quisiera levantar una gran casa en Valladolid.
A partir de octubre, cada día resulta más evidente que el traslado de la Corte a Valladolid es cosa decidida, lo que constituye para muchos una catástrofe. El traslado de la Corte resultó para la ciudad del Pisuerga el principio de una bonanza extraordinaria, aunque efímera y en cierto modo engañosa. La reconstrucción posterior al incendio de 1561 había iniciado un proceso de expansión. La llegada de la Corte, tan repentina, fue un choque. El crecimiento del vecindario fue brutal. La familia de Miguel de Cervantes vino a establecerse en Valladolid en la primavera de 1604. La inminente aparición de su obra impulsó a Cervantes a salir con destino a Valladolid. La familia tuvo que conformarse con una de esas casas nuevas casi sin acabar que edificaban con pisos los promotores para aprovechar la demanda urgente de los recién llegados. Y los Cervantes se resolvieron a vivir en un barrio desagradable, de olores fuertes, plagado de depósitos de basura, el Rastro de los Carneros. Barrio de mala fama, donde vivían muchos pícaros, tahúres, rufianes y putas.
Aparte de la incomodidad de muchos alojamientos, durante cinco años, Valladolid se convirtió para muchos, sobre todo para el rey, en el paraíso del ocio, del entretenimiento y de las diversiones. El centro habitual del ocio, de la recreación honesta y de la galantería más o menos atrevida fue por estos años el Prado de la Magdalena, especialmente en tiempos de calores. Quizás las epidemias graves que padeció Valladolid a finales del verano de 1605 y que se prolongaron hasta octubre sirvieron de pretexto para determinar la vuelta de la Corte a Madrid. Vinieron centenares de carros para asumir el transporte de toda la Casa Real y de la Casa del Duque. A últimos de febrero de 1606 emprendieron el viaje. La salida de la Corte marcó el comienzo de una larga decadencia para la capital del Pisuerga[2].
La breve, pero intensa, etapa de crecimiento demográfico experimentado por Valladolid entre 1601- 1606, como consecuencia del establecimiento de la Corte en la ciudad, tuvo también repercusiones en el ámbito urbano. La construcción de viviendas fue acompañada, además, por la realización de importantes obras de infraestructura urbana. El Regimiento se esforzó tanto por embellecer los lugares de recreo y esparcimiento, como el Espolón o el Prado de la Magdalena, como por mejorar el servicio de abastecimiento de agua potable, impulsando la traída de esta desde los manantiales de Argales hasta el interior de la ciudad, donde a la vez se levantaban prácticas y bellas fuentes, o el servicio de limpieza de la ciudad, etc.[3]
El siglo XVII, en el ámbito europeo, es una época testigo de una depresión económica, social, política e incluso cultural. España no solo no fue ajena a esa crisis, sino que la sufrió con más intensidad que otros países. Valladolid experimentó un notable hundimiento. En el siglo XVII vallisoletano se observan dos etapas claramente diferenciadas. Una, muy breve, estrechamente vinculada a la estancia de la Corte. Valladolid se elevaba hasta alcanzar metas jamás conseguidas durante la Edad Moderna. A partir de 1697, un profundo y prolongado declive se apoderó de ella. En 1601, Felipe III y el Duque de Lerma, su valido, decidieron trasladar la Corte desde la villa de Madrid a la ciudad del Pisuerga.
La medida significó para esta el inicio de una etapa de auge y esplendor. Ante todo, el establecimiento de la Corte produjo un espectacular aumento de la población. Valladolid, durante el periodo cortesano, llegó a tener entre 60.000 y 65.000 habitantes. La recesión económica lanzaba en el siglo XVII sobre la Corte riadas de personas que buscaban en ella una solución a sus problemas. Las obras literarias han reflejado la gran cantidad de pícaros y gente maleante que vino a Valladolid en seguimiento de la Corte. Durante los años que aquí residió la Corte, aumentó proporcionalmente la población no trabajadora. Por otra parte, la nobleza adquirió un gran desarrollo. El aumento de población creó agudos problemas de vivienda.
Las casas escasearon y, en consecuencia, los alquileres se dispararon. Una fiebre constructora se apoderó de la ciudad. Ello dio lugar a que se produjera una ligera expansión del espacio urbano. Los poderes públicos también se preocuparon por adornarla con vistosas obras públicas y mejorar sus condiciones de salubridad. El hecho de que Valladolid se convirtiera en capital de la monarquía hispánica también repercutió en el ambiente político, cultural e incluso recreativo de la ciudad. El panorama cultural vallisoletano se renovó totalmente. Los más cualificados poetas, pintores, novelistas, etc. residieron y produjeron sus obras durante estos años en nuestra ciudad. Los festejos más espectaculares fueron los que acontecieron en la primavera de 1605. El sistema de abastecimiento de la ciudad se vio desbordado.
La mortalidad alcanzó cotas muy altas. Los partidarios del regreso de la Corte a Madrid cargaban las tintas sobre la falta de salud. Durante un lustro Valladolid vivió uno de los momentos más brillantes de su historia. La Corte era la única razón del auge demográfico, del crecimiento urbano, del relanzamiento de la economía. Hacia 1607 Valladolid tendría un número de habitantes ligeramente inferior al de fines del siglo XVI. La breve estancia de la Corte y su posterior marcha influyeron desfavorablemente en el posterior desarrollo de Valladolid.[4]
Valladolid albergó, durante sus años de Corte, a las figuras más destacadas del mundo intelectual y literario. El entonces joven Francisco de Quevedo y Villegas llegó a Valladolid en los primeros meses de 1601. En Valladolid inició su carrera poética. Por este tiempo se inició también en la prosa satírica de los juguetes burlescos que tanta fama habían de proporcionarle. Don Luis de Góngora llegó a Valladolid en 1603. Su entrada en la ciudad no le produjo una impresión muy grata. Entre las muchas composiciones que pueden fecharse entre 1603 y 1605, bastantes se refieren a Valladolid. Pero entre todos los escritores que se hicieron presentes en Valladolid durante la estancia de la Corte, el más relevante es Miguel de Cervantes. Entró en la ciudad por el mes de febrero de 1603 como encausado ante la justicia por impago de fondos públicos. Cervantes se aposentó con su familia en el piso principal de una de las casas nuevas que había edificado el adinerado Juan de las Navas en la margen izquierda del Esgueva. Valladolid era para Cervantes la ciudad de su infancia. A ella llegó, aproximadamente, hacía cincuenta años. Los estudiantes de Valladolid celebraban bulliciosas fiestas regocijándose con los disfraces de don Quijote y Sancho[5].
La villa de Valladolid se convirtió en el centro del poder político de Castilla en la Baja Edad Media y principios de la Época Moderna. Desde el siglo XV hasta comienzos del siglo XVII, cuando ya había recibido el título de ciudad, Valladolid fue escenario de múltiples estancias de los monarcas. Ha sido, en múltiples ocasiones, sede de la corte real[6].
Felipe III realizó una visita a Valladolid en 1600, en un momento en que se había avivado la disputa entre Valladolid y Madrid para ver quién conseguía el acercamiento definitivo de la Corte. Menéndez Pidal, Aguado y José Antonio Escudero consideran que fue el duque de Lerma, el brazo derecho del rey – que era un monarca incompetente, sin preparación intelectual e indeciso -, quien tomó la decisión de alejar al monarca de la influencia de su abuelo y para aislarse él mismo de los sectores críticos de Madrid. Este traslado fue como consecuencia de las intrigas del duque de Lerma, valido del rey.
A comienzos del reinado de Felipe III, un monarca que ocupó el trono español algo más de veinte años (1598 – 1621), Valladolid tuvo ocasión de ser de nuevo capital de España, si bien durante cinco escasos años. Las dos sedes palaciegas en las que el reinado de Felipe III se centró fueron Valladolid, sede capitalina entre 1601 y 1606, y el Real Sitio de El Pardo. El traslado de la Corte de Madrid a Valladolid se realizó a principios de 1601. El 9 de febrero de 1601 el rey Felipe III hizo su entrada en la ciudad de Valladolid, a la que trasladó la Corte desde Madrid por espacio de seis años, una decisión que había tomado su valido el duque de Lerma. En Valladolid había en ese momento 15.000 viviendas y cerca de 80.000 vecinos, que aumentan lógicamente con el traslado de la Corte.
La llegada repentina de tantas personas a Valladolid provocó una crisis de alojamientos y una fuerte fiebre inmobiliaria. El esfuerzo de construcción fue ingente. Y Valladolid vivió un resurgir sin igual, con una población que fue creciendo hasta alcanzar los 70.000 habitantes. Fueron cinco años mágicos y gloriosos, hasta que en 1606 la capitalidad volvía a Madrid. El anuncio de la salida a Madrid, en febrero de 1606, que tuvo lugar después del brote epidémico de 1605, produjo en Valladolid un descalabro impresionante. Para Valladolid, ser capital del reino durante cinco años fue algo importante. De hecho, la Corte ocupa toda la ciudad y sus edificios más notables. La ciudad atrae advenedizos de la política, del poder, de la guerra, de la paz, de la riqueza y de la miseria, como dirá Miguel de Cervantes[7].
El Quijote aportó numerosas notas y datos sobre las controversias literarias de su tiempo. En tres meses, el Quijote había batido récords de venta con una notable popularidad de este hidalgo manchego de ficción. Para los analfabetos, Don Quijote estaba presente en las cabalgatas, en los bailes, en las mascaradas de las fiestas del barroco. Será en Valladolid donde Quevedo y Góngora iniciaron sus diatribas literarias. El primero pudo avanzar en esta ciudad, y de manera decisiva, en la elaboración de El Buscón. Valladolid no se encontraba preparada, en sus infraestructuras, para acoger a principios del siglo XVII todo lo que movía la Corte. La casa de Cervantes en Valladolid es la mejor documentada de las que habitó el escritor a lo largo de su transitada existencia[8].
Cervantes y Valladolid
En la época preindustrial, el hecho de que una población diera acogida a la Corte y actuara como cabeza del reino representaba un impulso decisivo para su desarrollo económico y su auge demográfico. Durante la Edad Media y los comienzos de la Edad Moderna, la Corte tuvo un carácter itinerante. En la primera mitad del XVI, Valladolid, junto a Toledo, se convirtió en la ciudad favorita de Carlos V y su Corte. Con la subida al trono de Felipe III y la llegada del nuevo siglo, la urbe pudo recuperar por un tiempo el esplendor y el protagonismo perdidos con la marcha de la Corte a Valladolid. La orden de trasladar la Corte a Valladolid se promulgó oficialmente el 10 de enero de 1601. La familia real entró en la ciudad del Pisuerga el día 9 de febrero. En las páginas de El licenciado Vidriera, Cervantes dejó un testimonio ecuánime de la polémica entre madrileños y vallisoletanos en su momento más álgido. La ciudad y su gobierno tuvieron que hacer frente a numerosos problemas ocasionados por la afluencia de gente, las dificultades en el abastecimiento, la falta de viviendas y su precio prohibitivo, o relacionados con la higiene, la salud y el orden público.
La población de Valladolid fue en aumento, hasta alcanzar los 36.000 habitantes en 1591 y cerca de 40.000 en la última década del siglo. Tras la llegada de la Corte, en 1601, se establecieron en Valladolid los funcionarios de la administración real, la nobleza cortesana con su familia y criados, los mercaderes, servidores y artesanos que requería esta nueva clientela y, junto a ellos, una multitud de pleiteantes, solicitadores de mercedes, aspirantes a un empleo, hidalgos empobrecidos, pícaros, delincuentes, prostitutas y mendigos. Cuatro años después, su población casi se había duplicado durante el último lustro y llegaba a los 70.000 ó 75.000 habitantes como consecuencia del establecimiento de la Corte. El movimiento de la población y el auge de la demanda que el traslado de la Corte generó durante el primer lustro del siglo ocasionaron cierta carestía en determinados productos esenciales y un aumento de los precios desconocido hasta entonces[9].
Las principales plazas y vías de la ciudad estaban empedradas, lo cual contribuía a mejorar su buen aspecto e higiene. El Esgueva, antes de ser canalizado y desviado en el siglo XIX, atravesaba la ciudad de este a oeste, dividido en dos ramales que llegaban al Pisuerga, con lo que sus aguas, que entraban limpias y cristalinas por el Prado de la Magdalena, llegaban sucias y malolientes a su desembocadura, después de haber cruzado la población. En épocas de sequía, o si el agua se estancaba, el Esgueva quedaba convertido en un muladar hediondo. No es de extrañar que a algunos visitantes les sorprendiera la suciedad de Valladolid, a cuyo incremento debió contribuir el aluvión de forasteros y el repentino crecimiento que la urbe experimentó en aquellos años.
Debido a la falta de salubridad y limpieza, las epidemias, especialmente la del tabardillo o tifus, hicieron su agosto en el Valladolid cortesano; además, faltaban hospitales y era difícil atender a los enfermos. A pesar de todos estos problemas y deficiencias, el Valladolid de aquella época era conocido por la espléndida belleza de algunas de sus plazas, calles y edificios. Y entre sus edificaciones figuraban unas cuantas joyas de la arquitectura gótica y renacentista. A principios del siglo XVII, Valladolid había alcanzado una dimensión notable, que hasta el siglo XX no sería superada. Por el mediodía, la ciudad llegaba hasta el extremo sur del Campo Grande; por el norte, hasta la Rondilla de Santa Teresa y puerta de Santa Clara; el Pisuerga marcaba el límite occidental, aunque había algunos conventos y construcciones al otro lado del río; mientras que el perímetro oriental quedaba delimitado por la iglesia y el Prado de la Magdalena, la puerta de la Pólvora (actual plaza de Luis Braille) y la puerta de Tudela, al final de la calle de este nombre.
Entre los lugares que llamaban la atención de los visitantes de la época, hay que destacar el centro de la ciudad, y especialmente la Plaza Mayor y sus alrededores. Junto a la Plaza Mayor, también era generalmente admirada la calle de la Platería. La joya de la corona, auténtico emblema de la Corte vallisoletana, era la plaza de San Pablo o de Palacio, convertida, junto a algunas construcciones de su entorno, en centro de poder, espacio residencial y escenario de la realeza.
Tras el retorno de la Corte en 1601, aquel conjunto de mansiones nobiliarias, junto con su entorno urbano, fue ampliado y mejorado, con la intención de convertirlo en un lugar adecuado para alojar a los reyes y su séquito, recibir a los visitantes extranjeros y mostrar la magnificencia de la que entonces se consideraba monarquía más poderosa del mundo. Frente a San Pablo se encontraba el edificio que fue el Palacio Real de Valladolid. El palacio, de sencillas líneas clasicistas, fue ocupado por Felipe III y su familia a finales de 1601. Los rentistas, los hidalgos, los soldados que aspiran a ennoblecerse, los letrados y los clérigos o los señores, representantes conspicuos de una sociedad inmóvil, propia del Antiguo Régimen, tienen mucha más importancia numérica en la villa del Pisuerga que los mercaderes, los cambistas o los tejedores, y además sus valores y modelos de conducta son los que dan el tono a la ciudad.
Desde mediados del siglo XVI, y especialmente a partir de 1600, la antigua aristocracia consigue ensanchar su base social y el número de sus miembros, refuerza su rango económico y su influencia política, y logra recuperar aquel prestigio y poder de que gozó en la Edad Media. La alta nobleza cambia la actividad militar por la política, especialmente desde que Felipe III inicia su reinado. En este periodo, a través de la figura del valido, se completa la alineación del poder regio en favor del estamento nobiliario, y queda de manifiesto el empeño de los nobles en adueñarse de todos los resortes del poder.
Los artesanos, mercaderes, tratantes y hombres de negocios abundan en la ciudad. Tanto en Valladolid como en el resto de España, y en la mayor parte de Europa, es la clase nobiliaria la que impone a la colectividad sus ideales y modelos de conducta, basados en la vida ociosa, el orgullo, la ostentación y el honor, a los que todos aspiran. Personaje representativo de aquel Valladolid cortesano es el protagonista de El casamiento engañoso, el alférez Campuzano. A las numerosas fiestas populares o litúrgicas que, de forma habitual, tenían lugar en Valladolid durante el Antiguo Régimen, vinieron a unirse muchas otras celebraciones de carácter palaciego desde el momento en que la Corte fue a instalarse en la ciudad. El año 1605 fue, probablemente, el más glorioso del reinado de Felipe III, el que proporcionó más motivos de alegría. Aunque la hacienda real no levantaba cabeza, la peste había dejado algunas zonas del reino medio diezmadas y los primeros síntomas de la decadencia eran cada día más patentes, en política exterior se habían cosechado algunos éxitos.
Que el propio Cervantes era aficionado al juego, parece más que probable. Quevedo aprovechó la afición de Góngora por el juego para burlarse de él. El autor debió de componer la novela cervantina El casamiento engañoso en Valladolid hacia 1605 junto con El coloquio de los perros. En condiciones extraordinarias como las que conoció Valladolid con la llegada de la Corte, en que la población se multiplicó por dos y la ciudad hubo de dar acogida a gentes de todo tipo, parece lógico que la desenvoltura y la promiscuidad entre los sexos progresaran en la misma proporción. Miguel de Cervantes nació en Alcalá de Henares en 1547. En el momento de tomar el camino de Valladolid, en la primavera de 1604, Cervantes tenía 56 años, una edad respetable en aquel tiempo. A mediados de 1605, Cervantes alquiló el primer piso de una de las cinco casas que por entonces construía Juan de Navas en las inmediaciones del Rastro nuevo de Valladolid, fuera del perímetro de sus antiguas murallas. En 1875, se formó la Sociedad Casa de Cervantes, con el objeto de transformar el edificio en biblioteca y museo cervantino. En 1916, el conjunto se cedió al Estado, y en sus locales se instaló una biblioteca y un primer museo cervantino, con la idea de recrear el ambiente en que vivió el escritor. En 1948, el edificio y el museo adquirieron el aspecto que presentan en la actualidad.
En un espacio reducidísimo, durante casi dos años, vivieron con enormes incomodidades y apreturas Cervantes, su esposa, dos hermanas, su hija, su sobrina y una criada. La casa de Cervantes se encontraba al sur de la población, en la orilla izquierda de uno de los dos brazos en que se dividía el río Esgueva antes de verter sus aguas en el Pisuerga. Cervantes debió de componer dos de sus novelas ejemplares más conocidas, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros, durante la época que pasó en Valladolid, probablemente en la primavera de 1605, y en ellas quiso dejar un recuerdo perdurable de la ciudad y el barrio en que vivió. Al publicar el Quijote, Cervantes vivía en Valladolid. Por aquellas fechas, lo más granado del mundillo literario residía en la ciudad. La Corte fue el primer lugar en que el libro fue distribuido y en ella se acogió, leyó y juzgó con más rigor y apasionamiento. El mundo de la edición cambió totalmente al trasladarse la Corte a Valladolid. Tras fijar Felipe III su residencia en la ciudad en 1601, Valladolid acogió durante los primeros años del siglo XVII a las figuras más destacadas del mundo artístico y literario, la mayoría de ellas llegadas desde Madrid.
Francisco de Quevedo se trasladó a la nueva Corte a principios de 1601, con veinte años recién cumplidos. Y en Valladolid empezó la redacción de los Sueños y el Buscón, que ya entonces se difundieron manuscritos por la Corte. Fue durante su estancia en Valladolid cuando el joven escritor se enemistó para siempre con don Luis de Góngora, al tiempo que entablaba una amistad duradera con Cervantes. Para abrirse camino en el mundo de las letras y promocionar la historia de don Quijote, era imprescindible situarse cerca de quienes ejercían el poder y estaban en condiciones de socorrerle y ampararle, y más en una ciudad como Valladolid, que se caracterizó en su época por la proliferación de escritores y por una incesante actividad literaria y en la que la competencia iba a ser muy dura. Aunque el Quijote se imprimió en Madrid a finales de 1604 y fue leído con especial atención por los escritores reunidos en la Corte vallisoletana, la idea original del libro y su primer borrador son muy anteriores. Y tanto la novela de El curioso impertinente como la historia de Dorotea y don Fernando debieron de existir como novelas cortas independientes y podían haber formado parte de las ejemplares, de no haberse publicado El ingenioso hidalgo. Cervantes debió de tener El ingenioso hidalgo terminado hacia la primavera de 1604. A comienzos del verano de 1604, Cervantes marchó a Valladolid con su familia. Valladolid fue la primera ciudad en que se distribuyeron ejemplares del Quijote y la primera en que el libro se leyó. El Quijote tuvo un éxito inmediato, lo cual debió ser motivo de satisfacción y orgullo para Cervantes.
Cuando los operarios de Juan de la Cuesta empezaron a componer el Quijote, a finales de 1604, Cervantes acababa de cumplir 57 años –una edad considerable en aquel tiempo-. Son varios los pasajes del Quijote en que, recurriendo al dardo irónico y al improperio educado, se ataca a autores y libros. En el otoño de 1615, al año de haberse puesto a la venta el libro de Avellaneda, la imprenta de Juan de la Cuesta concluye la impresión de la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. La obra venía a ser una síntesis de los temas y géneros de moda en el siglo XVI, que aún seguían en vigor. El Quijote de 1605 se vendió bastante bien. La aparición de la segunda parte del Quijote en 1605 supuso un relanzamiento de la primera, aunque de corta duración. El Quijote fue acogido en general como un libro cómico y paródico. En las mascaradas y festejos populares, en que hacen su aparición, el ingenioso hidalgo y su fiel acompañante desatan de inmediato la hilaridad de los espectadores.
Además de los cinco años de cautiverio que sufrió en Argel, Cervantes conoció la cárcel en tres ocasiones más, la última durante su estancia en Valladolid en el verano de 1605, cuando él y su familia fueron encarcelados durante unas horas. Mientras, el Quijote empezaba a ser conocido y aplaudido en todas partes y su autor salía por primera vez de la oscuridad en que la mala suerte le tenía arrinconado, su vida y la de los suyos quedaba cubierta por la maledicencia, la sospecha y el escándalo. Los detenidos pasaron en la cárcel dos días al menos – el 30 de junio y el 1 de julio -.
La mudanza de la Corte a Valladolid hubo de tener por fuerza carácter provisional. En Valladolid se acrecentaban las quejas sobre la incomodidad y pésima salud de la ciudad. La decisión de trasladar la Corte se hizo pública el 24 de enero de 1616. Los reyes salieron de Valladolid el 20 de febrero. Al año siguiente, los reyes volvieron a visitar Valladolid por unos días. Igual que otros cortesanos y gentes afincadas en la ciudad de forma provisional, la mayoría de los vecinos de las casas de Juan Navas, incluidos Cervantes y su familia, debieron de salir de Valladolid y de aquella vivienda llena de malos recuerdos, en cuanto tuvieron noticias del traslado de la Corte. Algunos incluso lo hicieron antes.
La familia de Cervantes seguía en Valladolid en noviembre de 1605. Para Valladolid, el traslado de la Corte tuvo consecuencias desastrosas. Cuando en 1606 los reyes y su valido regresaron a Madrid, Valladolid no solo se vio abandonada por los cortesanos, sino también por muchos de los naturales y residentes en ella. Tal declive demográfico afectó a toda la vida de la ciudad y a algunas de sus instituciones más relevantes, como la Universidad. Por culpa de la decadencia y la escasez, crecieron las tensiones sociales.
1605 fue una fecha clave en la vida de Cervantes. Cervantes debió de componer total o parcialmente la novela de El licenciado Vidriera en Valladolid. A pesar de la popularidad creciente del Quijote en España y fuera de ella, y del éxito que inmediatamente alcanzaron las Novelas Ejemplares, a su autor se le ignora y menosprecia en los pasillos y academias. Si, a pesar de su creciente popularidad, Cervantes no pudo hacerse un hueco entre sus colegas más ilustres, tampoco parece que el éxito del Quijote y otros libros posteriores fuera un remedio contra la pobreza. Que Cervantes se entregó de lleno a la creación durante los últimos quince años de su existencia, en que compuso trabajos originales y rehízo obras antiguas que permanecían olvidadas en el fondo de un cajón, lo prueban la cantidad y el volumen de los libros que dio a la estampa desde 1605 y, sobre todo, entre 1613, fecha en que aparecen las Novelas Ejemplares, y 1617, en que imprime póstumamente el Persiles. Tres novelas de las que después formaron parte de las ejemplares, escritas probablemente en Valladolid entre 1605 y 1606, convierten a Cervantes en un auténtico pionero en el tratamiento literario del tema del desengaño. Esa ironía sutil sitúa a Cervantes en el punto de partida de la sátira moderna.
Inmortalizó Cervantes a Valladolid en sus obras como recuerdo de una ciudad con la que tuvo una relación, si no muy larga, sí al menos intensa. El Quijote también tiene algo que ver con esto. Según Francisco Rico, en Valladolid recibió los últimos toques y fue revisada la Primera Parte de la novela. Y Valladolid tuvo el privilegio de ser la sede de la presentación en sociedad de la novela. El Quijote debió de leerse en Valladolid para la Nochebuena de 1604. Valladolid llegó a tener por aquellos días entre 60.000 y 75.000 habitantes. Y la actividad editora fue ciertamente brillante. Cervantes vivió dos veces en Valladolid: una siendo niño, la otra a las puertas de ser el autor conocido de la obra más universal de la literatura española. No tendría más de cinco años Miguel de Cervantes, cuando sus padres le llevaron a Valladolid y allí ocuparon una vivienda en el barrio de Sancti Spiritus. Eso sería hacia 1551.
Cervantes volvió a Valladolid, siguiendo a la Corte, que se había establecido en la ciudad del Pisuerga, hacia 1603. Seguramente pasó un tiempo en otra vivienda antes de pasar a residir en la situada en el Rastro Nuevo o de los Carneros. Era Valladolid entonces lugar estratégico en las comunicaciones, con tierras fértiles, capital intermitente durante el reinado de Carlos V, reconstruida su traza moderna por Felipe II, con una Plaza Mayor sin igual en toda la Península y una calle Platería o de los orfebres símbolo de riqueza y prosperidad, con más y mejores iglesias y palacios que Madrid. Y que se convirtió también en la capital intelectual del Reino. En Valladolid pudo escribir Miguel El casamiento engañoso y El coloquio de los perros. Y hay autores que aseguran que también El licenciado Vidriera y La ilustre fregona. La calle Miguel Íscar cubre lo que fue uno de los ramales de la Esgueva.
La moderna urbanización ha dejado el nivel de las casas del siglo XVII por debajo del general. El pestilente brazo de la Esgueva era cauce de los residuos del sacrificio de los animales y de los desechos de la urbe, y las viviendas estaban rodeadas de escombros e inmundicias. En el jardín exterior inmediato a la fachada, además de una fuente, podemos ver la bella portada renacentista (año 1579) que formaba parte del Hospital de la Resurrección, derribado en 1890, y el busto del marqués de Vega Inclán, según traza de Mariano Benlliure. En un patio trasero se conserva asimismo un hermoso arco procedente del Monasterio de la Armedilla de Cogeces del Monte. Sabemos que Cervantes frecuentaba el mentidero del Corrillo, así como la iglesia de San Lorenzo. Cervantes se servía a menudo de la realidad como materia de inspiración para sus obras, incluido el Quijote. Cervantes había irrumpido en la ciudad del Pisuerga con la naturalidad de la lengua, rompiendo con lo existente e imponiendo el lenguaje oral en la escritura. Una calle dedicada a El licenciado Vidriera podemos verla frente a la Casa de Cervantes y en el flanco de esta ha surgido un Peaje de Dulcinea. En la torre que queda de la iglesia de San Lorenzo sendas lápidas rememoran dos fragmentos de obras cervantinas[10].
La novela de Cervantes circuló por Valladolid y por Madrid antes de que empezara a circular legalmente en 1605. El Quijote, en pliego suelto posteriormente plegado y encuadernado a la rústica, se pudo leer tanto en Madrid como en Valladolid. A nuestra ciudad debieron llegar los primeros ejemplares para que empezara a circular en la corte hacia el mes de noviembre de 1604[11].
Valladolid fue Corte entre 1601 y 1606. Comienza el siglo XVII Cervantes en Valladolid. Y lo hará con el éxito, no pensado, de la primera parte del Quijote. Y lo hará de manos de la imprenta y de un género editorial que no da prestigio en este momento, como es el de los libros de caballerías. Pero este es solo el principio, pues realmente su época de plenitud comienza en 1613 con la publicación de las Novelas ejemplares[12].
El éxito es inmediato. Ya en el mismo año de su publicación, Don Quijote aparece en fiestas y desfiles populares, como testimonian el soneto atribuido a Góngora y el texto del portugués Tomé Pinheiro da Veiga, escritos con motivo de las fiestas habidas por Valladolid para celebrar el nacimiento del futuro Felipe IV[13].
Valladolid en Cervantes
En el año 1551, los ocho miembros de la familia Cervantes se trasladaron a Valladolid en busca de alguna fortuna no encontrada en Alcalá. Magdalena nacería en Valladolid. Vivieron en una casa de dos pisos, alquilada en el barrio de Sancti Spiritus, cerca de la Puerta del Carmen, en las afueras de la ciudad. Valladolid tiene casi 40.000 habitantes. El futuro autor del Quijote tenía entonces 5 años. En este ambiente transcurrió el año y medio largo que pasó Miguel de Cervantes niño en Valladolid la primera vez que vino con su familia más allegada. Cuando volvió la segunda vez, ya viejo, las cosas en la ciudad del Pisuerga no le fueron demasiado bien y también saboreó el amargor de los interrogatorios y la sombra de la cárcel. Es posible que Miguel de Cervantes aprendiera a leer y escribir en Valladolid. La segunda vez que Miguel de Cervantes se traslada a Valladolid ya es un hombre maduro de 57 años cumplidos. Para aquel tiempo, un hombre viejo. Viene por obligación a rendir cuentas de su oficio de alcabalero. La casa que habitó era nueva. En ella vivió al menos entre 1603 y 1606 (o 1608, según los más meticulosos cervantistas), conociendo en Valladolid las primeras sensaciones del éxito popular de la novela que le hizo inmortal, aunque no le hiciera rico. Cervantes tenía muchas mujeres en su casa. Miguel de Cervantes fue puesto en libertad en la cárcel de Sevilla, bajo fianza, para poder trasladarse a Valladolid y aquí rendir cuentas[14].
Alfonso XIII pagó de su propio bolsillo la compra de la casa que habitó Cervantes. En 1873, Pérez Mínguez formó la Sociedad Casa de Cervantes y decoró la casa con muebles antiguos, ediciones del Quijote y cuadros alusivos a la época cervantina. La casa pasó a cumplir la función de biblioteca popular en 1916. Es casa – museo desde 1922. El arco de la puerta del antiguo monasterio, en ruinas, de la Armedilla fue trasladado desde el pueblo de Cogeces del Monte a este espacio en 1950. En 1914, la propia casa y los jardines exteriores se convirtieron en biblioteca pública, situación que se prolongó hasta 1936. Benigno de la Vega Inclán nombró a Narciso Alonso Cortés director de la Casa de Cervantes y sucesivamente fueron ocupando este cargo Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña (durante 53 años, desde 1928 hasta 1981), Jesús Urrea Fernández y María Bolaños.
Miguel de Cervantes vino a Valladolid a mediados de 1603. El regreso a Madrid de la familia Cervantes debió de producirse dos años después de ida la Corte, en 1608. Es posible que Cervantes aprovechara los primeros meses de 1605 para trasladarse a Salamanca, donde tomó referencias para su novela El licenciado Vidriera, que pudo escribir en Valladolid en el otoño. Miguel tenía entonces 57 años. La “imitación” del Quijote obligó a Miguel de Cervantes a tomar de nuevo la pluma para escribir la segunda parte de las aventuras de sus auténticos personajes, con lo que el libro engordó en las sucesivas ediciones a partir de 1615.
Cervantes fue un hombre con limitaciones por las heridas de guerra recibidas. Siempre se ha dicho que, si Miguel de Cervantes fue diestro con la pluma, no debió de serlo tanto con la voz, con la palabra, porque era tartamudo. El autor del Quijote necesitaba lentes correctoras. El Quijote daba dinero y también sus obras teatrales y sus Novelas ejemplares. Cuando llegaron los Cervantes a Valladolid con la Corte, esta ciudad era la más cara del reino. La novela de don Quijote, el visionario manchego, salió a la calle en el mes de enero de 1605. Tres retratos se conocen de Cervantes. En 1890 se decidió derribar el Hospital de la Resurrección. Miguel de Cervantes lo había hecho famoso por haber situado en su interior los diálogos de los perros Cipión y Berganza. Ocupaba lo que hoy es la Casa Mantilla y parte de la manzana siguiente. Fue fundado en 1553 en el sitio donde estaba la mancebía pública. El Hospital de la Resurrección aparece no solo en El coloquio de los perros, sino también en la novela ejemplar antecedente El casamiento engañoso. Del Hospital de la Resurrección solamente se conserva, en el jardín exterior de la casa de Cervantes, el nicho de la parte alta de su fachada, en el que aparece una escultura de Jesús Resucitado al que le falta parte del brazo derecho. Además de la figura del Resucitado, se había salvado la puerta principal del famoso hospital cervantino.
En la plaza de la Universidad se instaló en 1889 una estatua dedicada al autor del Quijote. La modeló el escultor Nicolás Fernández de la Oliva. Los bajorrelieves con cuatro escenas del Quijote (hoy conservados en el patio interior de la Casa de Cervantes) fueron realizados por el profesor de modelado Pablo Santos Berasategui. La estatua de Miguel de Cervantes fue la primera estatua pública de Valladolid y la segunda en España en rendir homenaje al escritor. Curiel, Medina del Campo, Alaejos, Tordesillas y Valdestillas son considerados lugares cervantinos por haber sido citados por el autor en algunas de sus obras. De la vecina localidad de Valdestillas habla Cervantes en La ilustre fregona. Cervantes tenía a Valdestillas como lugar de reconocida fama picaresca, preferentemente femenina, tal y como menciona a este pueblo en el Coloquio de los perros. Hay en Valladolid una calle dedicada a Cervantes y otras a alguna de sus obras y personajes, aunque no al Quijote. El Pasaje de Dulcinea es un pasaje modernista que une las calles del Rastro y de Miguel Íscar. En materia de enseñanza, llevan el nombre de Miguel de Cervantes una universidad privada y un grupo escolar. La primera fue creada en 2001.
La Sala Cervantes se encuentra situada en la calle del Santuario, número 22. Antes cumplía todas las funciones de un teatro en el que se daba preferentemente cine. El Restaurante Cervantes está en la calle del Rastro, a muy pocos metros de la casa del escritor. Su elegante fachada está construida a base de madera y reproducciones de algunos grabados de la edición del Quijote ilustrada por Gustavo Doré. La ciudad, los pueblos, los ríos capitalinos o provinciales, el conde repoblador y algunos mesones surgen de la pluma del autor del Quijote. La ilustre fregona es una de las novelas ejemplares mejor escritas. Además de la fuente de Argales se citan otros lugares vallisoletanos: Valdestillas, la puerta del Campo y el pueblo de Mojados. El casamiento engañoso y El coloquio de los perros fueron escritas en Valladolid.
La casa que acoge el museo dedicado al autor del Quijote fue adquirida en 1912 por Alfonso XIII y el marqués de Vega Inclán. Residiendo en Valladolid, ciudad a la que llegó a sus 57 años, con el deseo de tramitar el privilegio de impresión de su novela, el escritor vio publicada la primera parte de la que es considerada una de las mejores obras de la literatura universal. También en la ciudad del Pisuerga escribió algunas de sus Novelas Ejemplares: El licenciado Vidriera y El coloquio de los perros. La identificación de la vivienda se produjo en 1866, pero no fue hasta 1875 cuando el farmacéutico vallisoletano Mariano Pérez Mínguez la decoró con muebles y objetos antiguos y se abrió al público. Cada uno de los cuatro edificios que conforman el Museo Casa de Cervantes se desarrolla de manera idéntica: tres niveles y buhardilla. El conjunto se acompaña de un amplio jardín delantero y un patio trasero, que corresponde a los canales originales de estas casas[15].
La primera ocasión en que oficialmente se vinculó la figura de Miguel de Cervantes a un espacio urbano de Valladolid fue en 1854, con motivo de la rotulación como Calle de Cervantes a la hasta entonces denominada Calle de la Horca, en el antiguo barrio de San Juan, que comunica la Plaza Circular con la calle Don Sancho. Cuando el Ayuntamiento el 23 de junio de 1866 tomó el acuerdo de reconocer oficialmente la casa número 14 de la Calle del Rastro como la habitada en Valladolid por Cervantes durante su estancia en la ciudad coincidiendo con la publicación de su inmortal Quijote (1604 – 1606), ordenó sortear y colocar en su fachada una lápida recordatoria de su estancia. Los cuatro tarjetones con episodios del Quijote (la aventura de los molinos, la del león, la de los pellejos de vino y de don Quijote en casa de los Duques) los modeló el profesor local Pablo Santos de Berasategui (n. 1890). La estatua de Cervantes la modeló Nicolás Fernández de la Oliva. El monumento vallisoletano se inauguró el 29 de septiembre de 1877 y fue la primera estatua pública que tuvo Valladolid y la segunda que se dedicó a Cervantes en España.
En 1889, se acordó trasladar el monumento a la Plaza de la Universidad, instalándose en el centro de los jardines próximos a la Catedral. Posteriormente, la memoria de Cervantes se ha continuado honrando con la instalación de varias lápidas en distintos pasajes de la ciudad. En el pedestal de la estatua de Cervantes se colocó una lápida alusiva a su condición de Vecino de Honor. Así figuran recuerdos evocadores de su estancia en Valladolid o de su obra, colocados en el solar que ocupó el Hospital de la Resurrección en la Acera de Recoletos, en la pared baja de la torre de la iglesia parroquial de San Lorenzo o sobre el pretil del Puente Mayor. Igualmente, la ciudad cuenta con otras calles rotuladas con los nombres del licenciado Vidriera, de la Galatea y el pasaje titulado de Dulcinea. En el 2001, una Universidad privada vallisoletana ha acogido como seña de identidad el nombre del inmortal escritor[16].
En Valladolid, a 26 días del mes de septiembre de 1604, Felipe III otorga licencia y facultad para imprimir El Ingenioso Hidalgo de la Mancha. Pero ya en 1604, antes de su impresión, era conocido por no pocos. En 1872, el Ateneo nació emparejado con Cervantes, cuya Casa sacó del olvido y aderezó como su primer domicilio. La estatua de Cervantes fue trasladada en 1889 a la plaza de Santa María, hoy de la Universidad. En la Casa de Cervantes se estableció en 1915 la mejor Biblioteca Cervantina de España[17].
[1] CANAVAGGIO, Jean: Diccionario Cervantes. Madrid: Centro de Estudios Europa Hispánica, 2020.
[2] BENNASSAR, Bartolomé: “Valladolid fue una fiesta”. La Aventura de la Historia, nº 33, julio 2001, pp. 34 – 40.
[3] GUTIÉRREZ ALONSO, Adriano: Estudio sobre la decadencia de Castilla. La ciudad de Valladolid en el siglo XVII. Valladolid: Universidad, 1989.
[4] GUTIÉRREZ ALONSO, Adriano. “Valladolid en el siglo XVII”. Valladolid en el siglo XVII. Historia de Valladolid, IV / Adriano Gutiérrez Alonso… [et al.] Valladolid: Ateneo, 1982.
[5] RUBIO GONZÁLEZ, Lorenzo: “Ambiente literario y cultural de Valladolid durante el siglo XVII”. Ibid.
[6] BELLOSO, Carlos: Prólogo. “Valladolid ciudad de reyes”. La Corte en Valladolid / Carlos Belloso Martín (ed.). Valladolid: Universidad Europea Miguel de Cervantes, 2022.
[7] BELLOSO MARTÍN, Carlos: “Valladolid, corazón del Imperio y centro político”. Ibid.
[8] BURRIEZA SÁNCHEZ, Javier: “La sociedad vallisoletana en el siglo XVI: cultura, fiesta, religiosidad y vida cotidiana”. Ibid.
[9] SALAZAR RINCÓN, Javier: El escritor y su entorno. Cervantes y la Corte de Valladolid en 1605. S.l.: Junta de Castilla y León, 2006.
[10] GUERRERO MARTÍN, José: Por los caminos del Quijote. S.l.: Junta de Castilla y León, 2004.
[11] VAL, José Delfín: “El Quijote de 1604”. Argaya, 2ª época, 30, marzo 2005, pp. 52 – 54.
[12] LUCÍA MEGÍAS, José Manuel: La madurez de Miguel de Cervantes. Una vida en la Corte (1580 – 1604). Madrid: Edaf, 2016.
[13] 10 de junio de 1605: Don Quijote se pasea por Valladolid. Exposición Cuatrocientos años de Don Quijote por el mundo, Valladolid 2005. Textos 2).
[14] VAL, José Joaquín: Cervantes en Valladolid. Valladolid en Cervantes. Urueña: Castilla Tradicional, 2016.
[15] QUINTANA, Sonia: ”Donde Cervantes escribió El coloquio de los perros”. El Norte de Castilla, 28 de febrero 2023, p. 14.
[16] URREA, Jesús: “Recuerdos cervantinos en Valladolid”. Argaya, 2ª época, 30, marzo 2005, pp. 6 – 9.
[17] CAMPOS SETIÉN, Josemaría: “Cervantes, el soldado que nos enseñó a hablar y el Ateneo ‘Cervantino` de Valladolid”. Argaya, 2ª época, 30, marzo 2005, pp. 55 – 59.
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