Este pasado 24 de junio llegaba a Santiago de Compostela, esta vez no como peregrino. Se celebraba el día del nacimiento de San Juan Bautista, fiesta importante en el calendario cristiano. Son las 18:00 horas y casi por inercia, desde la Plaza del Obradoiro, me encaminé a la entrada de la catedral compostelana en la Plaza de Platerías. Había en el interior muchos peregrinos susurrando en diferentes idiomas, ya sin sus mochilas y bastones de camino, cumpliendo con la tradición de dar un abrazo al apóstol Santiago y escuchar la Misa del Peregrino. Sus cuerpos mostraban signos evidentes de cansancio, algunos habían hecho el Camino Francés desde Roncesvalles durante más de treinta jornadas, pero sus caras expresaban paz y satisfacción.  Como un peregrino más abracé al apóstol y esperé pacientemente el comienzo de la misa. Las dos veces que había hecho como peregrino los últimos 117 km del Camino no pude asistir a esta misa y por lo tanto tampoco ver el momento mágico de la incensación de la catedral con su enorme Botafumeiro.

Imagen de La Voz de Galicia

 

En la Edad Media ya se usaba un gran incensario para purificar la catedral y a los miles de peregrinos que abarrotaban sus naves. En el Códice Calixtino, del siglo XII, además del relato del traslado del cuerpo del apóstol Santiago desde Jerusalén a Compostela, este documento valiosísimo contiene una guía de caminos para los peregrinos, describiendo los conventos y santuarios que encontrarían a su paso, como también de la catedral compostelana y su formidable incensario. Hoy está en uso el construido en 1851 de latón plateado, de una altura de 1,5 m y un peso de 62 kg, sin las brasas y el incienso. El anterior, del siglo XV, totalmente de plata, fue robado por el ejército napoleónico en 1809.

Eran las 20:15 cuando, antes de la bendición, un grupo de hombres cargaron el Botafumeiro de brasas e incienso, y, con un ingenioso sistema de poleas suspendidas del cimborrio del crucero de la catedral, lo hicieron volar como un gran péndulo por la nave transversal, ante la mirada atónita de todos los asistentes. No es más de dos minutos lo que dura esta precisa maniobra,  mientras el órgano interpreta el himno al apóstol, pero suficiente para que el ambiente de toda la catedral se llene de humo y olor del incienso.

Fotografía de Luis M. Román

 

Terminada la misa, los peregrinos iniciaron su salida de la catedral, su Camino, ahora sí, había terminado. Yo estaba en la parte del medio de la nave central y esperé unos minutos a que la mayoría saliesen. Y en ese momento,  un gran rayo de sol que entraba desde una de las vidrieras de la Puerta de la Gloria me llamó la atención, potenciado por el intenso humo del incienso. Recorde de inmediato el milagro que Alonso de Villegas, en 1594, describió en su Fructus sanctorum y quinta parte del Flossanctorum, al tomar el protagonista un rayo del sol que entraba muy inclinado, casi horizontal, por alguna vidriera como un madero en el que apoya su capa o manta:

«En tanto que pasaba esto, Goar entró en la iglesia donde estaba Rústico, el obispo, con sus clérigos. Miró a una y otra parte y vido que, siendo hora de ponerse el Sol, entraba un rayo dél al soslayo y daba en un rincón. Parecióle que era madero que estava allí, y viniendose caluroso, quitóse el manteo y fuese a poner sobre él, y el rayo del Sol le sostuvo, estándolo mirando el obispo con todos sus clérigos, lo cual también fue por él atribuido a arte mágica.»

Esta imagen, que solo se puede apreciar muy pocos días del año, tuve la gran dicha de poder verla el pasado día de San Juan en la catedral compostelana. Imagen que ilustrará una de las notas que incluiré al curioso lector viajero en la segunda parte de Tras los pasos de Rocinante, que aquí te adelanto:

2.1 A soslayo

Vas a seguir los pasos de Rocinante. Saldrás del lugar de don Quijote hacia el este en busca de unos gigantes que pronto verás. Tú vas a decidir la estación del año y la hora del día en el que te pondrás en camino, pero siempre hacia el este, por donde sale el sol. Quizás te animes a comenzar esta segunda salida de don Quijote como él y su escudero hicieron, en mitad de una corta noche de verano manchego y con los primeros rayos del sol abras tu Quijote y leas:

«Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no los fatigaban» (Q1, 7)

A no ser que en ese momento del día el sol esté muy alto o sea al final del día cuando decidas ponerte en camino, y te pase desapercibida esta circunstancia, creerás que el texto cervantino y esta guía de caminos no se corresponden con la incidencia de los rayos sobre tu cuerpo. Los rayos del sol te dan de frente y no de lado, como esperabas.

No tardarás en consultar en tu Smartphone lo que la RAE dice de la palabra soslayo.

 Soslayo:

1. adj. Soslayado, oblicuo

-Al soslayo

1. loc. adv. Oblicuamente

-De soslayo

1. loc.adv. Oblicuamente

2. loc. adv. De costado y perfilando bien el cuerpo para pasar por alguna estrechura.

3. loc. adv. De largo, de pasada o por encima, para esquivar una dificultad.

Después de unos momentos de dudas, podrías preguntarte que si Cervantes pone en camino a don Quijote hacia el este en sus dos primeras salidas, ¿cómo es posible que Cervantes cometiese este descuido tan evidente?, o ¿podría tener la palabra soslayo afecciones o significados distintos a principios del siglo XVII a los actuales?

Decides consultar el Tesoro de la lengua castellana, o española compuesto por Sebastián de Covarrubias en 1611, el diccionario del tiempo de la escritura del Quijote, y no aparece esta palabra.

En estas siguientes líneas verás que llevabas razón, que la palabra soslayo tenía otro significado en tiempo de Cervantes, y que no ha llegado a nuestros días.

Además de «por el costado», «perfilar el cuerpo para pasar por alguna estrechura» y «pasar de largo o por encima de alguna dificultad», cuando los rayos del sol están muy bajos, por ser la primera o última hora del día, o por ser invierno ―el sol sube muy poco quedando muy oblicuo con el plano del campo―, se decía en tiempo de la escritura del Quijote que daban los rayos del sol a soslayo, independientemente de que estos incidieran de frente, de lado o por detrás.

Cervantes compara este momento de la segunda salida, con los rayos del sol saliendo por el horizonte, con el calor sufrido en su primera salida durante un largo día del mes de julio.  En julio, en la Mancha, el sol sube tanto y tan rápido que casi todo el día lo llevó sobre su cabeza don Quijote.

Soslayo, no es una palabra muy utilizada hoy a cualquier nivel, y tampoco lo era en tiempo de Cervantes. Según el Corpus diacrónico del español (16-11-2023), Cervantes la utiliza en seis ocasiones en toda su obra conocida, y su gran rival Lope de Vega solo la utiliza dos veces en su extensísima obra. Es Cervantes el autor del Siglo de Oro que más veces la usa:

– Al túmulo del Rey que se hizo en Sevilla (1598)

«… y luego encontinente caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.»

El Quijote (1605)

«… por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban.»

La gitanilla, en las Novelas ejemplares (1613)

«… vemos cómo arrincona y barre la aurora las estrellas del cielo, y cómo ella sale con su compañera el alba… tras ellas, el Sol, dorando cumbres y rizando montes; ni tememos quedar helados por su ausencia cuando nos hiere a soslayo con sus rayos, ni quedar abrasados cuando ellos particularmente nos toca…»

Viaje al Parnaso (1614)

«Al volver de una esquina sentí un brazo… otros dos al soslayo se llegaron, y con la risa falsa del conejo y con muchas zalemas me hablaron…»

Comedia famosa de los baños de Argel (1615)

«En acabando la música, dice el sacristán (Todo cuanto dice agora el sacristán lo diga mirando al soslayo a Caurali)»

El Persiles (1616)

«… metió mano a su espada y por entre los brazos de Seráfido se la metió a Periandro por el hombro derecho, con tal furia y fuerza que le salió la punta por el izquierdo, atravesándole, poco menos que al soslayo, de parte a parte.»

En dos ocasiones utiliza soslayo para significar miradas del protagonista hacia un lado, como con desdén o desprecio: Al túmulo del Rey que se hizo en Sevilla y en la Comedia famosa de los baños de Argel.

Una vez la usa con ocasión de la llegada de algunos personajes por un costado del protagonista del párrafo: Viaje al Parnaso.

En el uso de la espada y la forma de herir con ella una sola vez: El Persiles.

Y en la forma que los rayos del sol inciden sobre los protagonistas en dos ocasiones: El Quijote (1605) y en La gitanilla. En esta última novela, hace referencia al frío que en invierno causa al grupo de gitanos la poca altura que llega a tener el sol, dándoles este «a soslayo», a diferencia del verano en el que el sol los abrasa al subir casi en perpendicular al plano del campo. De la misma manera, al salir el sol en verano, no molesta su calor porque sus rayos inciden «a soslayo», muy bajos, como anota el narrador en el Quijote.

Entre 1585, fecha en la que Miguel de Cervantes publica La Galatea y el año 1625, en todo el Corpus escrito en español, en cualquier tipo de escritura, solo es usada la palabra soslayo en algo más de sesenta ocasiones, una décima parte de ellas Cervantes. La forma de herir con la espada al contrincante, es la más utilizada, como por ejemplo Vicente Espinel, en 1618, en la Vida del escudero Marcos de Obregón anota «que el Marqués no había recebido daño -porque la estocada había sido a soslayo-…», o el Inca Garcilaso de la Vega, en 1605, escribe en  La Florida del Inca que « le pasó la flecha un jubón estofado y lo hirió de manera que, por ser a soslayo, no lo mató» Solo un autor, además de Cervantes, utiliza en este tiempo la palabra soslayo para referirse a la incidencia de los rayos del sol con respecto al plano del suelo. Alonso de Villegas, en 1594, escribía en su Fructus sanctorum y quinta parte del Flossanctorum un hecho milagroso al tomar el protagonista un rayo del sol que entraba muy inclinado, casi horizontal, por alguna vidriera o ventana como un madero en el que apoya su capa o manta. Al contrario que a don Quijote y a Sancho que los rayos del sol no les fatigaban por ser a primeras horas del día, el momento descrito en el interior de la iglesia es al final del día, es al ponerse el sol:

«En tanto que pasaba esto, Goar entró en la iglesia donde estaba Rústico, el obispo, con sus clérigos. Miró a una y otra parte y vido que, siendo hora de ponerse el Sol, entraba un rayo dél al soslayo y daba en un rincón. Parecióle que era madero que estava allí, y viniendose caluroso, quitóse el manteo y fuese a poner sobre él, y el rayo del Sol le sostuvo, estándolo mirando el obispo con todos sus clérigos, lo cual también fue por él atribuido a arte mágica.»

Ilustración de Antonio Mingote (2005)

 

Quizás la mejor ilustración que define «por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban», es la de Antonio Mingote publicada junto con otras muchas más imágenes geniales suyas en Don Quixote de la Mancha. Compuesto por  D. Miguel de Cervantes – Ilustrado por D. Antonio Mingote, editado en 2005 por Editorial Planeta, S.A. en diez magníficos tomos.      

                                                      

Luis Miguel Román Alhambra