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Lo monta y lo exhibe anualmente en su casa de Copenhague (Dinamarca) donde reside por motivos profesionales. Con 32 figuras y con el templo romano de 1,49 m que desde la base a la cornisa y sumada la plataforma donde va montado, le confiere una altura máxima al conjunto de más de dos metros
Las figuras del belén napolitano son especialmente frágiles. El cuerpo está formado por un armazón de alambre forrado con estopa, materiales muy flexibles, que permiten crear figuras en muy diversas posiciones siguiendo la expresividad estilística del dinamismo barroco, incluso algunas están articuladas y permiten colocarlas en variadas posiciones.
Las extremidades son de madera; la cabeza, de terracota policromada con los ojos de pasta vítrea, trabajados con notable minuciosidad para conseguir la máxima expresión del rostro; y los vestidos, de sedas o tejidos de la época, con pasamanería, y las mujeres adornadas con puntillas, joyas y abalorios.
Las piezas raramente van firmadas porque en la elaboración de una figura intervenían muchos artistas: escultores, pintores, plateros, sastres y hasta arquitectos para diseñar toda la ciudad, con sus casas y montañas. Y si finalmente se optase por la atribución de la autoría, siempre se le otorgará al que haya hecho la cabeza. Para las ofrendas y la caracterización de los personajes se utilizaba el barro, la plata, el cristal, el marfil y el ébano.
Los artistas se especializaban en cada una de las diferentes figuras, unos en las del propio misterio, otros en las figuras de los Reyes Magos y otros en animales o en todo tipo de menaje, cestos, frutas y todo tipo de adornos, ya sean joyas, cofres, instrumentos musicales, etc…
La escenificación y configuración plástica del Nacimiento alcanzó en el Reino de las Dos Sicilias un periodo de esplendor en la segunda mitad del siglo XVIII, desbordando el ámbito religioso para pasar a la Corte, la nobleza y alta burguesía y finalmente a ambientes populares.
Según nos cuenta Juan Miguel, cuando los séptimos condes de Lemos llegaron a Nápoles, la condesa adquirió un nacimiento para el oratorio particular de su habitación en el palacio. La compra la realizó al escultor Giovanni Aniello de Mari, fraccionando el pago en tres plazos, el primero el 16 de diciembre de 1610, por un importe de 300 carlines, otro por la misma cantidad el 25 de febrero de 1611 y el tercero y último se efectuó el 24 de febrero de 1613 ascendiendo a 454 carlines; el total de la adquisición supuso un monto de 1.054 carlines (105 ducados y 4 carlines). Operación que se llevó a cabo por mediación de la marquesa del Valle muy amiga de la condesa.
De este belén hoy no se conoce el paradero, según nos comenta Manuela Sáez González, investigadora monfortina y autora de la mejor biografía del VII Conde de Lemos, que fue quien dio a conocer en 2006 los datos anteriormente citados.
Juan Miguel exhibe su belén napolitano en la casa de Copenhague donde reside, después de reunirlo y volver a mostrarlo como se hacía hace años en la casa que la familia poseía en la calle Velázquez de Madrid y posteriormente en la casa solariega de la familia en Ciudad Real.
La escenografía consta de un nacimiento con las figuras del Niño Jesús en su cuna, La Virgen María y San José, a los que acompaña el buey y la mula. Sobre el nacimiento, como flotando en el aire siete ángeles, dos con incensarios y uno de ellos con una gran trompeta, anunciando con su sonido la venida al mundo del Niño Dios.
Integrado en el nacimiento, se pone en escena la adoración de los Magos de Oriente, formada por doce figuras que forman el séquito de los Reyes Magos: Melchor, el primero en ofrecer su presente, apeado de su caballo -encabritado, al que sujeta un paje (armado con alabarda) por las riendas-, (con otro paje niño ya metido en el portal), Gaspar, montado en su caballo precedido por dos pajes, uno con sombrilla y otro con un estandarte y un loro posado en su brazo, y Baltasar sobre un dromedario, precedido por dos pajes uno con unas plumas y otro con un estandarte.
Completan el montaje hasta ocho figuras más entre personas y animales: 2 pastoras que ofrecen fruta, una de ellas acompañada de dos niños y tres ovejas, y otra más pequeña acostada junto a la cuna del Niño.
Hay en total la imponente cantidad de 32 figuras expuestas en el belén, todas ellas de un gran realismo y unos acabados primorosos que otorgan al conjunto una belleza extraordinaria (como puede apreciarse por las fotografías adjuntas). Además, se muestran una serie de pequeños objetos tallados de forma minuciosa como son armas, bandejas, cofres, joyas, colocados sobre alfombras en miniatura en la entrada del pesebre.
Completan la magnífica escenografía las ruinas del templo romano que son de madera, tienen una altura de 1,49 m desde la base a la cornisa. Esta altura sumada a la plataforma de madera en la que va instalado el belén confiere una altura al conjunto de más de dos metros. Solamente el arco del triunfo mide 90 cm de alto para dar cabida al rey Baltasar que lo atraviesa montado en su dromedario.
Cada figura del conjunto tiene horadados dos agujeros en los talones donde se introducen dos pequeños clavos sin cabeza que previamente se han clavado al suelo/soporte en el proceso previo del montaje de la plataforma.
Teniendo en cuenta que el belén napolitano del Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias «González Martí» de Valencia, tiene 29 piezas, estamos hablando de una colección soberbia y que es totalmente particular.
La desventaja es que mantener reunida la colección y en perfecto estado es tremendamente caro, restaurar las diferentes piezas en el taller especializado es laborioso y caro, pero estos condicionantes con los que tiene que lidiar anualmente Juan Miguel Ruiz le otorgan un mayor mérito y valor a su belén.
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