Peces y bestias

04/06/2019 |

En el cap. II-XIX del Quijote nos encontramos con «la famosa aventura del barco encantado». Nuestro hidalgo, ávido y memorioso lector de libros de caballerías, encuentra a orillas del Ebro una barca sin remos. De inmediato se le vienen al caletre episodios similares que le incitan a subir en el barco (lo es para don Quijote) y dejarse llevar a la grandiosa aventura que sin duda le espera y sólo para él estaba guardada. Sancho acepta a regañadientes. No tardan en divisar en medio del cauce unas aceñas (molinos de agua con rodete vertical y admisión inferior) y don Quijote da por sentado que los malandrines que custodian aquella extraña y estridente fortaleza tienen cautiva alguna persona.

Leamos:
En esto el barco… comenzó a caminar no tan lentamente como hasta allí. Los molineros de las aceñas, que vieron venir aquel barco por el río y que se iba a embocar por el raudal de las ruedas, salieron con presteza … con varas largas a detenerle. Y puesto [don Quijote] en pie en el barco, con grandes voces comenzó a amenazar a los molineros diciéndoles: —¡Canalla malvada…, dejad en su libertad y libre albedrío a la persona que en esa vuestra fortaleza o prisión tenéis oprimida, alta o baja, de cualquiera suerte o calidad que sea, que yo soy don Quijote de la Mancha, llamado el Caballero de los Leones por otro nombre, a quien está reservada por orden de los altos cielos el dar fin felice a esta aventura! Y diciendo esto echó mano a su espada y comenzó a esgrimirla en el aire contra los molineros, los cuales … no entendiendo aquellas sandeces, se pusieron con sus varas a detener el barco, que ya iba entrando en el raudal y canal de las ruedas…, pero no de manera que dejasen de trastornar el barco y dar con don Quijote y con Sancho al través en el agua…, y si no fuera por los molineros, que se arrojaron al agua y los sacaron como en peso a entrambos, allí había sido Troya para los dos … Puestos, pues, en tierra, más mojados que muertos de sed … los … molineros … les dejaron y se recogieron a sus aceñas… Volvieron a sus bestias, y a ser bestias, [*] don Quijote y Sancho, y este fin tuvo la aventura del encantado barco.

No he encontrado un solo comentarista del Quijote que ofrezca la que, a mi modo de ver, es la interpretación acertada y simple del pasaje marcado *. La mayoría lo pasan por alto, quizá entendiendo que los protagonistas volverán a sus necedades. Así lo entendió Francisco Rodríguez Marín, que lamentó «el injusto y nada piadoso calificativo que da Cervantes no sólo a Sancho, sino también a don Quijote». La edición de la RAE se limita a anotar: «dejarse dominar por la tristeza». Idea algo más desarrollada por Erna Berndt-Kelley en su artículo En torno a sus bestias y a ser bestias, que entiende «desengañarse de sus vanidades humanas». Para Vicente Pérez de León, en su artículo La exploración de los límites de la razón, la fe y la lógica de los sueños como fuente de conocimiento cervantino, «supone la constatación del alejamiento de ambos del orden social, al haber sido recriminados y considerados fuera de la razón».
Quienes acogen esa empírica interpretación suelen apoyarse en lo que Sancho dijo a don Quijote tras el desengaño sufrido con su Dulcinea transformada en rústica aldeana: «Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias. Vuestra merced se reporte y vuelva en sí» (cap. II-XI). Pero en aquel lejano pasaje Sancho quiso decir que quien se deja dominar por sus sentimientos evidencia su escaso raciocinio, lo que no está muy lejos de lo que creyó ver Rodríguez Marín. En mi opinión, es posible otra interpretación benévola y graciosa considerando la obra de la Madre Naturaleza en tierra, mar y aire:


Hasta entre los elementos, aves del aire y animales de la tierra y peces del agua hay superior conocido a quien obedecen (Gabriel Pérez del Barrio, Dirección de secretarios de señores, Madrid-1613).


Dijo Dios a los hombres: Creced y multiplicad y henchid la tierra y sed señores de los peces del mar y de las aves del cielo y de las bestias de la tierra (Fray Martín de Córdoba, Jardín de nobles doncellas).


Este deseo, en cuanto es en … aves, peces e bestias de la tierra, es sólo natural deseo, el cual … les mueva a la obra de engendrar (Alonso Fernández de Madrigal, Sobre los dioses de los gentiles).


Ni podemos nosotros vivir sino con la muerte de las otras cosas que hizo Naturaleza: aves, peces y bestias de la tierra, frutas y yerbas y todas las otras cosas perecen para mantener nuestra miserable vida (Fernán Pérez de Oliva, Diálogo de la dignidad del hombre, h. 1530).

De modo que evitando entrar en lo divino y atendiendo al medio en que se desenvuelven, todo se reduce a peces, aves y bestias. Y así, sacados del agua y vueltos a su medio natural, perfectamente puede decirse que don Quijote y Sancho volvieron a ser bestias: recurso tan irónicamente cervantino como el previo «más mojados que muertos de sed» para decirnos que habían tragado mucha agua. Creo que el pasaje tiene una interpretación así de simple, y como diría el italiano, se non è vero, è ben trovato.


Enrique Suárez Figaredo
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan