El caso de la bacía despedazada

05/06/2023 |

ENTRE los especialistas del Quijote, la edición de la Primera Parte estampada en Bruselas por Roger Velpius en 1607 es la mejor calificada en términos de pulcritud editorial de aquellos años. Además, contiene media docena de enmiendas textuales muy oportunas, tanto, que los editores modernos no dudan en aplicarlas. Otras enmiendas son desechadas por gratuitas; y es que, examinada con detenimiento, hay un punto en que parece cobrar vida propia lo que se inició como copia servil (erratas e incongruencias incluidas) de un ejemplar de la segunda estampada por Juan de la Cuesta. Ese punto se encuentra alrededor del folio 90 del modelo, y ya en el 107 nos ofrece una excelente muestra, en concreto en la aventura de los galeotes. Leamos el pasaje en la segunda impresión de Juan de la Cuesta:


En la edición de Bruselas-1607, ese pasaje se copió minuciosamente renglón a renglón, excepto las tres últimas líneas, en la última de las cuales se introdujo una sutilísima modificación:

¿Por qué el cajista, hasta entonces tan obediente al modelo, se tomó semejante libertad? Empecemos por decir que esa decisión no la tomó el cajista. En las imprentas se trabajaba a destajo y los cajistas no se distraían en florituras, así que la modificación le vendría insertada a mano en la plana que estaba copiando. La pista que nos lleva al culpable se encuentra en el folio 124 del modelo, donde se lee:


Pero dime, Sancho, ¿traes bien guardado el yelmo de Mambrino? Que ya vi que le alzaste del suelo cuando aquel desagradecido le quiso hacer pedazos; pero no pudo, donde se puede echar de ver la fineza de su temple… La bacía yo la llevo en el costal toda abollada, y llévola para aderezarla en mi casa y hacerme la barba en ella, si Dios me diere tanta gracia que algún día me vea con mi mujer y hijos.


¡Ah! Quien modificó el texto del folio 107 ya había alcanzado al folio 124 (y más aun), y sorprendido por la ‘resurrección’ de la bacía de don Quijote, volvió atrás e insertó aquel «casi» con que se encontraría el cajista. «¡Esto sí que encaja!», debió pensar. ¿Fue el corrector de la imprenta? Puede que sí, pero excediendo los límites de su tarea. Sea quien fuere, la cantidad de modificaciones gratuitas que se observan en aquella edición nos conducen a un lector muy gustoso de lo que leía. Y también de mentalidad excesivamente cartesiana. Me pregunto si alguna vez le habían partido el corazón o si un esfuerzo le había dejado el cuerpo hecho polvo.


Enrique Suárez Figaredo
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan